viernes, 2 de marzo de 2018

¡Ahora o nunca!



 ̶  ¡Joder! ̶  exclamó Norte en cuanto se asomó al muro de piedra que la rodeaba.

Iluminada por la fría luz de un atardecer del mes de marzo, como un barco pétreo varado en la orilla, la pequeña pero hermosa construcción se elevaba orgullosa a pesar de sus más de 1.300 años de antigüedad.

Durante unos instantes contuvo el impulso de acceder directamente a su interior, calmar su impaciencia y así disfrutar de aquel instante mágico que la puesta de sol le había regalado. Desde la distancia a la que se encontraba, el edificio transmitía la armonía de proporciones de una sencilla iglesia de pequeñas dimensiones pero con una gran riqueza volumétrica. Construída con sillares de arenisca de un bello color rojizo, en ese momento su color se intensificaba por los últimos rayos de sol en su fachada.


Con toda probabilidad estaba presenciando una de las últimas obras visigóticas en España, construida justo antes de que los musulmanes invadiesen la Península Ibérica. Se trataba de San Pedro de la Nave, una iglesia edificada a finales del siglo VII y situada en El Campillo muy cerca de Zamora; un pequeño templo que en 1930 estuvo a punto de ser anegado por las aguas del embalse de Riocobayo en el curso inferior del río Esla.

Desde la posición de privilegio en la que se encontraba, Norte trató de imaginar las circunstancias que el arqueólogo e historiador Manuel Gómez Moreno debió superar para convencer a las autoridades de que aquella pequeña y ruinosa iglesia tenía un enorme valor histórico y artístico; que merecía la pena evitar que quedara sumergida bajo las aguas del pantano y que podía trasladarse piedra a piedra a un lugar seguro.

De inmediato sonrió al recordar el paralelismo existente entre un modesto monumento como aquel y el mundialmente archiconocido complejo arqueológico de Abu Simbel ubicado en Nubia, al Sur de Egipto. Salvando las abismales diferencias entre ambos, los dos habían sido salvados in extremis de quedar sumergidos bajo las aguas de un pantano.

Miró su reloj y decidió entrar. No quería perderse aquella luz del atardecer también en su interior. A medida que se acercaba, pudo constatar que las paredes del templo estaban levantadas con sillares de piedra de diferentes medidas, perfectamente escuadrados y asentados sin argamasa, lo que, sin duda, aumentaba esa belleza sencilla, casi telúrica, vinculada a la tierra que a él le fascinaba. Había sido un traslado ejemplar, especialmente si se tenían en cuenta las circunstancias sociales y políticas de aquel entonces.


Nada más empujar la puerta de entrada le invadió una enorme sensación de serenidad. La luz que entraba por los estrechos vanos prerrománicos repartidos todo a lo largo de los muros del edificio proporcionaban una suave luz que bañaba todo el interior, creando un juego de luces y sombras que acrecentaba la belleza y la espiritualidad de los espacios interiores.

Tan pronto su vista se fue acomodando a la penumbra que reinaba en el interior, Norte descubrió un juego de volúmenes que se distribuían sobre una planta que combinaba una estructura cruciforme y basilical, en la que los arcos de herradura servían de nexo de unión entre ellas.


Fue entonces cuando recordó algo que había leído sobre la función de cada uno de esos espacios, destinados a los diferentes grupos de personas que intervenían en el culto, en función de su condición. En todo caso, era una sencilla pero también bella jerarquización del espacio.


Caminó despacio, adentrándose en la iglesia e intentado no perturbar el ambiente de recogimiento y serenidad que se respiraba. Fue entonces cuando se percató del hermoso friso que recorría los muros. Los motivos geométricos de cruces, ruedas solares y flores se sucedían dando lugar a una banda que aunque él sabía que tenía una misión de protección del edificio, a Norte le gustaba pensar que esas tiras tan bellamente cinceladas en piedra eran una forma de representar la belleza. Y lo mismo sucedía con los capiteles historiados que remataban las columnas de mármol que sustentaban los arcos de herradura; repletos de simbolismos para los entendidos y que a él le parecían sencillamente hermosos.


Y, de nuevo, volvió a sonreír al recordar el paralelismo existente entre un modesto monumento como aquel y el mundialmente archiconocido complejo arqueológico de Abu Simbel. Y si aquel “Ahora o nunca” desesperado, lanzado a la comunidad internacional por la UNESCO en 1960 hizo posible que podamos seguir disfrutando de un legado excepcional del arte egipcio, Norte no pudo dejar de recordar al arqueólogo e historiador Manuel Gómez Moreno, a quien debemos la salvaguardia y protección de nuestro patrimonio cultural.

jueves, 22 de diciembre de 2016

El dedo de Dios


Comprobó inquieto su reloj de pulsera para confirmar por enésima vez que la hora que le marcaba el reloj del coche coincidía e instintivamente, aceleró. Por sus cálculos apenas le faltaban más de cinco minutos para llegar a su destino y, no obstante, en su rostro se reflejaba cierta tensión. Hacía ya un buen rato que había amanecido y, desde entonces, la duda de si llegaría a tiempo se hizo más y más evidente.

Todo había comenzado un año antes, visitando Santa Marta de Tera, en Camarzana de Tera (Zamora), una bella iglesia románica construida a finales del siglo XI, único resto que llegó hasta nosotros de un primitivo monasterio mandado construir por Alfonso VI.

Nada más verla, Norte quedó prendado del conjunto de molduras taqueadas, que recorrían sus muros, en una rítmica y sutil sucesión de arcos, contrafuertes y capiteles que hacen de Santa Marta de Tera un bello ejemplo del románico.   


Recordaba cuando en su primera visita se encontró, en su portada Sur, con una hermosa imagen pétrea, quizás la más antigua, de Santiago peregrino. Nada más verlo, lo reconoció de inmediato. Aunque con una expresión un poco feroz, quizás por sus enormes pupilas excavadas y una boca que dejaba ver sus dientes, la imagen muestra un tratamiento magistral de la barba aguedejada y del morral con la concha de Santiago.


Por fin, un enorme letrero en la autopista, le informó de la próxima salida a Camarzana de Tera. De un rápido vistazo al reloj del coche comprobó la hora y redujo la velocidad  y se incorporó a la carretera local que lo llevaría, en apenas un par de minutos, directamente a la amplia explanada que había frente a la Iglesia.

«Ni automóviles ni peregrinos», pensó Norte sorprendido al no ver a nadie en las inmediaciones, lo que le hizo sospechar que había llegado demasiado tarde.

Mientras se ponía una chaqueta de abrigo y tomaba su cámara de fotos del maletero, dio un rápido vistazo a la cabecera de la iglesia, pero desgraciadamente desde donde él se encontraba no era posible comprobar su sospecha; así que, a la carrerilla, se dirigió hacia el palacio renacentista construido a mediados del siglo XVI como residencia de los obispos de Astorga y que ahora ejercía de museo jacobeo y de entrada a la iglesia románica.


- ¡Celes!,… ¡Celes!,…  -gritó Norte, empujando ligeramente la puerta entreabierta.

Celes, la amable cuidadora del templo, era la persona que unos meses antes le había informado sobre el fenómeno que ocurría en aquel lugar cada año durante los equinoccios de primavera y de otoño y, tras esperar unos instantes, se dirigió a paso rápido hacia la portada occidental situada a los pies de la iglesia.

Y de pronto se paró en seco. Desde donde él se encontraba divisó como un hermoso rayo de luz penetraba a través de un pequeño óculo situado en la cabecera de la iglesia, y comenzaba a iluminar el “Capitel del Alma salvada”.


Todavía asombrado por la oportunidad del momento en el que había llegado, Norte se acercó despacio. Las pequeñas partículas de polvo, provistas de vida propia, se movían a lo largo del intenso del haz de luz, como queriendo señalar el camino hacia el hermoso capitel historiado que en ese momento comenzaba a estar completamente iluminado.

Se quedó allí, inmóvil y en el silencio más absoluto, imaginando como una pequeña comunidad en el siglo XI viviría el milagro de la luz; para ellos, seguramente  expresión máxima de la divinidad. Era como si el dedo de Dios les enseñara desde el cielo y les indicara el camino a seguir.

Y todo ello gracias a la maestría de unos hombres que, con herramientas rudimentarias y con cálculos básicos hubieron de tener en cuenta desde la orientación del ábside hasta la altura del capitel, pasando por la situación del óculo o la incidencia de los rayos del sol en los equinoccios de primavera y otoño.

«Un hermoso nombre para una bellísima obra» -pensó Norte al observar con detenimiento el “Capitel del Alma salvada”, posiblemente una representación alegórica de un alma que asciende a los cielos, en ese momento ya completamente iluminado. 


Y es que todo el universo del hombre en la época medieval se movía en torno a Dios y los templos estaban en armonía con las estaciones del año. La manifestación del espíritu de Dios se manifestaba también con la cuidada planificación de la construcción de las iglesias. La orientación de los ábsides hacia el Este permite que los rayos de sol del amanecer penetren por los ventanales de los ábsides,.. es la representación de la resurrección de Cristo.