domingo, 19 de octubre de 2014

La isla de los milagros


Descalzo en la orilla, Norte vio como la embarcación a motor que lo había dejado en la isla Insua, se alejaba desdibujándose poco a poco en la niebla húmeda y fría que entraba desde el mar.

Comprobó si su mochila continuaba seca después del aventurado desembarco. A pesar de la aparente calma que presentaba el mar, lo cierto era que las olas rompían con fuerza en la playa, único lugar relativamente seguro de desembarque, comprometiendo la estabilidad de la embarcación. Así que, Norte tuvo que saltar a tierra bastante lejos de la orilla y el resultado no fue otro que un buen remojón, casi hasta la cintura, que lo dejó tiritando de frío.

Sobre el arenal,  desvaneciéndose entre la bruma, la vieja Fortalezada Insua daba testimonio de la contumaz testarudez de los hombres. Su obstinación en construir sobre unas rocas que apenas emergían un palmo sobre la superficie del mar, justo en la desembocadura del río Miño, era una buena prueba de ello. Se imaginó como sería la vida en el siglo XVII, en aquel mendrugo de arena y piedra de apenas 300 m de longitud.

En realidad la fortaleza albergaba en su interior los restos del convento franciscano de Santa María de Insua, construido en 1.471, y ese era precisamente parte del objeto de su visita a aquel desolador peñasco.

Comenzó a caminar hacía el fuerte a través de la larga lengua de arena, repleta de algas de arribazón y restos de ramas blanqueadas por el sol y la salitre, arrastradas hasta allí por las mareas. 


Nada más superar un bastión triangular que protegía el acceso, justo en el límite de la arena y la zona donde comenzaban a aparecer los primeros rastros de vegetación, se encontró con un espectacular lienzo de la muralla cuajado de líquenes de color naranja que dulcificaba en parte la sobria arquitectura militar. En el centro la escueta puerta de entrada coronada por tres escudos y a un lado la inscripción alusiva a su construcción:

"A Piedade do muito Alto e Poderoso monarca el rei D. João IV /
ministrada pela intervenção e assistência de D. Diogo de Lima /
Nogueira General e Visconde de Vila Nova da Cerveira Governador das /
armas e exército da Província de Entre Douro e Minho dedicaram /
esta fortificação à sereníssima Rainha dos Anjos Nossa Senhora /
da Ínsua para asilo e defesa das religiosas da Primeira Regra /
Seráfica que assistem nos contínuos júbilos desta Senhora debaixo /
de cujo patrocínio se assegura a defesa desta corte. Fez-se a /
obra na era de 1650"

El portalón de acceso, entornado, como si se tratase de una sutil invitación a entrar, lo esperaba.

Caminó con cautela sorteando los numerosos cascotes y vegetación que crecía libremente por todas partes, hasta encontrarse con un pequeño patio de armas. Los techos caídos y escombros esparcidos por todas partes, le daban aspecto desolador pero también, si cabe, transmitían un estado de abandono que hacía mucho más ensoñador y sugestivo el lugar.

Una amplia escalera le condujo directamente a las murallas, justo a uno de los baluartes que protegían la entrada.


Recordó entonces la causa que lo había llevado hasta allí. Se acercó al viejo cañón, que apuntaba amenazante hacia ninguna parte, y buscó su agenda en la mochila. En las últimas páginas, con una caligrafía impecable, figuraban las innumerables anotaciones que Norte había tomado en las últimas semanas.

Levantó la vista y se dio cuenta de su intuición y tesón para visitar aquella pequeña isla, a pesar de las dificultades que entrañaba. Desde allí arriba, por encima de la opresión de los altos muros y el abandono del interior del fuerte, la vista era magnífica. A pesar de la espesa niebla, Norte se imaginó el monte de Santa Tecla a su izquierda, la playa de Moledo, cobijada tras la el pinar de Camarido, a su derecha y, al Oeste, el Océano Atlántico, batiendo con todo su fuerza.

Se sabía de memoria el contenido de aquellas notas, no en vano llevaba varias semanas buscando en internet las innumerables historias que sobre un lugar como aquel había. A pesar de todo, le gustaba repasarlas en un ejercicio sistemático de su propia metodología de trabajo y búsqueda de la información.

De todas las leyendas que encontró referidas al lugar, las de los supuestos milagros vinculados al convento eran las más atractivas y sugerentes. Era sin duda esta riqueza histórica, la que captó desde un primer momento la curiosidad de Norte.

Desde la perspectiva que le daba la altura de las murallas, buscó entre la maraña de muros y tejados hundidos que había en el interior del fuerte, y enseguida reconoció un pequeño campanario sobre uno de los tejados que precariamente se mantenía en pie.

De inmediato se dirigió hacia allí y, tras dos intentos fallidos para dar con la iglesia en un laberinto de muros semiderruidos, se topó con los restos de un diminuto y tosco claustro en torno al cual se distribuían las estancias del convento. Una vez allí todo resultó más sencillo y, tras cruzar una puerta, se encontró en el interior de la capilla.


Si el contexto general era desolador, el diminuto templo no era una excepción. Todo lo que era posible llevarse y tenía algo de valor, había sido expoliado, en un acto de latrocinio propio de otros tiempos. No había rastro alguno de las tallas barrocas o de los azulejos del siglo XVII que en un tiempo pasado habían decorado sus paredes. Tampoco quedaban restos de los altares e incluso la campana faltaba de su hornacina.

Norte deambuló entre aquellas ruinas apesadumbrado por el saqueo que había sufrido el lugar. Recordaba que, vinculados a aquellos muros, existían un gran número de leyendas que hablaban de milagros. El nacimiento de agua dulce entre aquellas piedras en el medio del mar, la ausencia de animales peligrosos en la isla, la forma en que muchas veces los frailes franciscanos se salvaron del ataque de los piratas, …

Salía, dispuesto a marcharse, cuando en el rostro de Norte se dibujó una sonrisa. De inmediato, tras fijarse en una lápida del suelo de la capilla, recordó una leyenda que hablaba de un milagro. Se trataba de Francisco Gonçalves, pescador y barquero de la isla, quien había hecho la promesa a Nuestra Señora de entregar una lamprea por cada docena que pescase, como dádiva a los frailes. Ocurrió que después de pescar las doce lampreas no entregó la siguiente que había capturado. Finalmente, por incumplir la promesa, Francisco no pescó nada durante los trece días siguientes mientras sus compañeros se hacían con grandes capturas.

En el suelo, justo a sus pies, una lápida que rezaba la siguiente inscripción: “¿¿¿¿alves barqueiro que foi desta casa - 1559” (¿¿¿¿alves barquero que fue de esta casa – 1559) y Norte sonrió al pensar que quizás Francisco, el avaricioso pescador, hubiese sido perdonado y se alegró de que los saqueadores no hubiesen reparado en aquella humilde lápida.