miércoles, 23 de julio de 2014

Ateneul Român, sala de conciertos de Bucarest...

... y sede de la Filarmónica "George Enescu" compositor, violinista, pedagogo, pianista, director de orquesta y exhiliado en París huyendo de la Rumanía comunista: "Pienso en mi tierra constantemente. Amo a mi pueblo con toda mi alma y en todo momento. En cuanto me recupere de mi enfermedad sólo desearé una cosa: regresar a mi país".

Rapsodia Rumana nº 1: http://www.youtube.com/watch?v=bZ1X8ieSjOM

domingo, 20 de julio de 2014

La ventana indiscreta


Dio un nuevo sorbo a la descomunal jarra de cerveza que le habían servido y se revolvió inquieto en la silla, valorando la posibilidad de levantarse y continuar su paseo o quedarse un rato más, fisgoneando en las vidas ajenas. Finalmente Norte decidió seguir observando a la gente que pasaba por delante de la terraza de la cafetería situada en Staroměstské náměstí y así darse un tiempo extra que le permitiera acabar airoso la cerveza.

Se arrellanó en la cómoda silla de paja y se dispuso a dejar transcurrir el tiempo. A su izquierda, en la línea de mesas inmediatamente anterior a la suya y parapetado tras el seto que separaba la zona de la terraza de la plaza, un joven fotografiaba a los viandantes ayudado por el potente teleobjetivo de su cámara. 

Norte sonrió al pensar que la situación le recordaba a la película “La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock, aunque en este caso ¿quién sería James Stewart?, ¿el fotógrafo o él? 

Observó con detenimiento, intentando vislumbrar alguno de las fotografías que, tras el disparo, se veían en la pantalla de la cámara y comprobó que todas, sin excepción, correspondían a primeros planos de viandantes. Jóvenes, adultos, parejas, grupos,… no parecía haber ningún criterio que no fuese el de fotografiar personas anónimas que pasaban por allí. Era como un francotirador apostado a la espera de una víctima. Vestía un largo abrigo de color azul y sobre la mesa descansaba un sombrero de fieltro de color negro, adornado con una fina cinta de color cuero. Allí, mimetizado, observaba expectante a los viandantes al acecho de su próxima pieza. 

Y es que la verdad, Praga se prestaba a ello. La magia de la Ciudad Vieja, la exuberancia barroca de la Malá Strana o la distinción art nouveau de la Ciudad Nueva, aderezados con miles de turistas de todo el mundo, constituían un entorno perfecto para perderse en una ciudad maravillosa. 

«Será un cazador de tendencias…» ̶ pensó Norte recordando un artículo que había leído hacía tan solo un par de días ̶ «… o seguramente un turista aburrido que se entretiene haciendo fotos mientras descansa tomándose una cerveza». 

Instintivamente tomó su cámara y repasó sus fotos, comprobando que, en efecto, también él había fotografiado multitud de pequeños rincones. Y en muchos de ellos lo había hecho por una situación concreta. Tan solo un instante antes de sentarse en la terraza había presenciado una acalorada discusión de una pareja frente a la Casa de las tres rosas blancas, justo en las hermosas verjas que rodean la fuente gótica. No pudo comprender lo que decían pero, en todo caso, estaban ya en esa fase de una discusión en la que no se disimula. Finalmente Norte desvió su mirada avergonzado cuando la chica se percató de que los estaba observando. 


Levantó la vista y, sorprendido, comprobó que su James Stewart particular había desaparecido. Sobre la mesa una jarra de cerveza vacía y un pequeño plato con la cuenta. Norte observó con detenimiento los alrededores, la plaza, incluso miró hacia el interior de la cafetería. Ni rastro del curioso personaje. 

Siguió pasando sus fotos para detenerse en un hermoso primer plano de la Princesa Libuse, fundadora de la dinastía Premysl. Una bella imagen art nouveau que preside el número 22 de Karlova ulice. Recordó que en el momento de fotografiarla, un pequeño grupo de turistas ya entrados en años, atendían un poco aburridos las explicaciones que uno de ellos les daba. Se trataba posiblemente del líder del grupo, el jubilado que había preparado durante semanas el viaje, y que ahora los atormentaba con un torrente de información que apenas despertaba interés ellos, deseosos quizás de sentarse cómodamente frente a un buen codillo asado y una cerveza.


Se detuvo de nuevo cuando en la pantalla de la cámara apareció un bello plano del Cementerio Judío. Una sucesión de antiguas lápidas, distribuidas sin orden aparente, eran el testigo mudo de trescientos años de enterramientos de miles de judíos. Sobre ellas, cientos de pequeños guijarros y deseos escritos en papel, arropadas por un profundo silencio, mantenían viva la esencia del pueblo hebreo.


Por fin, le dio el último trago a su cerveza, se levantó y se dirigió, caminando lentamente hacia Malá Strana, dejando atrás el Palacio de Goltz Kinsky, posiblemente el palacio rococó más bonito de Praga, y durante un tiempo sede de una academia en la que estudió Franz Kafka entre 1893 y 1901.


Tenía su destino muy claro. Era uno de sus rincones favoritos en Praga y aunque su sentido inicial se había desvirtuado en los últimos años seguía, siendo un lugar único que se reinventaba día a día. 

No le llevó demasiado tiempo cruzar el Puente de Carlos y, en unos minutos, estaba frente a él: el Muro de Lennon, clamor de libertad sofocado y vuelto a renacer una y otra vez. Casualmente un guitarrista interpretaba en ese momento Imagine.


Esperó al final del tema, depositó una moneda en la funda de la guitarra y se volvió para continuar su camino. En ese instante se percató que un hombre con abrigo azul y sombrero de fieltro lo fotografiaba con un potente teleobjetivo.

sábado, 19 de julio de 2014

martes, 15 de julio de 2014

domingo, 13 de julio de 2014

El viejo bereber


El viejo Land Rover venció, no sin dificultad, el enésimo repecho y, renqueante, comenzó a descender en busca del próximo obstáculo. Desde que había partido de Agadir, hacía ya un par de horas, Norte circulaba por una sinuosa y estrecha carretera que se abría paso a través de un terreno seco y polvoriento en el que subsistían, ajenos a la eterna sequedad e impasibles al viento del desierto, algunos matorrales rastreros y los imperecederos árboles del argán.


Con la excepción de algún rebaño de camellos o de cabras, algún que otro vehículo y algunas casas perdidas en la lejanía, viajaba en la soledad más absoluta, disfrutando de un paisaje sobrecogedor. «Es tal como me lo describió Usem»  ̶  pensó Norte, recordando la descripción que, hacía tan solo cuatro semanas,  un joven camarero bereber le había hecho de la zona cuando le contó que estaba a punto de realizar un viaje a Marruecos.

En un par de ocasiones se había detenido a admirar de cerca a alguno de aquellos árboles obstinados en sobrevivir en condiciones extremas y no pudo menos que sorprenderse de la belleza de sus troncos retorcidos y nudosos, modelados por años de sequías y vientos impenitentes. Y le pareció un justo premio para un árbol capaz de resistir semejantes penalidades, el producir unos frutos de los que se extrae un aceite con tantas propiedades medicinales.


A su izquierda, el Atlántico se estrellaba una y otra vez contra la costa, en un incesante intento de conquistar cada centímetro de playa, desgastando aquellos acantilados, meteorizándolos y erosionándolos hasta convertirlos en finos granos de arena.

En las zonas menos abrigadas de la carretera, Norte disfrutaba de la brisa marina cargada de una humedad salina que aliviaba en parte el calor que comenzaba a apretar ya a primeras horas de la mañana. Finalmente, a lo lejos, divisó una pequeña población con humildes casas abigarradas al abrigo de un pequeño promontorio de la costa y sonrió. Sin duda se trataba de  Imsouane, el pequeño pueblo de pescadores en el que podría cerrar el ciclo y cumplir su promesa. Se dio cuenta que, por primera vez en mucho tiempo se sentía bien, orgulloso por corresponder al favor que le había pedido Usem.


Aparcó en una polvorienta explanada al lado del puerto, justo en el momento en que comenzaban a regresar las pequeñas embarcaciones artesanales. Como en cualquier puerto  pesquero del mundo, independientemente de su tamaño o la tipología de las embarcaciones, el desembarco de las capturas es uno de los momentos más dinámicos y ajetreados ya que, además de realizarse el traslado del pescado al lugar de venta, es donde se contrasta la pesca de unos y otros, es el momento de determinar la valía del patrón y la habilidad de los tripulantes y, sobre todo, da una idea muy aproximada del valor que adquirirá el pescado en la venta.

Un gran número de pequeñas embarcaciones de pesca artesanales de color azul se alineaban, perfectamente ordenadas, a lo largo de la rampa de subida y, en torno a ellas un enjambre de pescadores, compradores y curiosos se movía inquieto, atareados transportando cajas con el pescado capturado, varando las embarcaciones o, simplemente, realizando operaciones de mantenimiento.


Caminó confiado entre aquella muchedumbre, destacando como un faro en medio de la noche, entre un mar de turbantes, taqiyas, capuchas de chilabas y gorras del Real Madrid o del Barcelona. El sombrero de paja, con el que Norte se resguardaba del sol impenitente que lo abrasaba, despertó de inmediato la curiosidad los lugareños, extrañados al verlo vagar por el puerto y no por los lugares de reunión de los surfistas, posiblemente la única razón por la que un occidental visita la localidad de Imsouane. A los oídos de Norte llegaban retazos de conversaciones incomprensibles en árabe y en algún dialecto bereber y, más raramente, algún término en francés se cruzaba, destacando sobre la pronunciación gutural de los idiomas nativos.


Caminó hasta el moderno edificio de la lonja, donde se estaba realizando la subasta del pescado. Un numeroso grupo de compradores, armadores y curiosos se arremolinaba en torno a una cancha central donde se exponía la mercancía. El producto de la pesca, como si de un puzle multicolor se tratara, se exhibía organizado por especies, a la espera de que el subastador comenzara la puja a viva voz.


 Norte observó con detenimiento al hombre de avanzada edad que se movía con cierta dificultad entre el pescado expuesto. Se trataba del ayudante del subastador. «Tiene que ser él»  ̶ pensó Norte. Los rasgos, la edad, el aspecto,…., recordando la descripción que Usem le había hecho.

Había cambiado el programa de su viaje al Atlas durante la larga conversación que mantuvo con el joven camarero bereber.  Todo surgió cuando se estaba tomando un café en Madrid mientras ojeaba la guía sobre Marruecos que acababa de comprar. Una sonrisa franca de Usem se dibujó en su rostro y cada vez que tenía un instante libre se acercaba proporcionándole informaciones, consejos,… hasta que finalmente, al acabar su turno, se sentó con Norte.

Más tarde, durante la cena, Norte escuchó un relato apasionante sobre la familia de Usem.  En la sociedad bereber, el sentido del honor familiar, de difícil comprensión para la mentalidad europea, y la defensa de la integridad del grupo hacen que las relaciones humanas sean consideradas bajo estos dos condicionantes, dando lugar a trances familiares que desembocan en situaciones que obligan, en algunos casos, al repudio de algunos de sus miembros. Y ese era el caso de su nuevo amigo.

Norte se comprometió hacer llegar al padre de Usem una carta y dinero de manera discreta y así fue como decidió comenzar su viaje por las estribaciones de la gran cadena montañosa marroquí, justo por la localidad de Imsouane.

En el interior de la mochila de piel que llevaba colgada al hombro, Norte portaba la misiva para Amestan, padre de Usem. Ahora solo tendría que buscar el momento adecuado para hacérsela llegar.


Tras más de una hora de espera, aprovechando que salía un momento de la cancha de subasta, se acercó discretamente y lo saludó.

̶  Bonjour, êtes-vous M. Amestan?

El rostro cansado del anciano se volvió hacia él y, tras unos instantes de desconcierto, asintió con un leve gesto.

̶  J'ai une lettre pour vous de Usem  ̶  le dijo, entregándole lo más discretamente posible el sobre.

Con rapidez lo tomó y se lo guardó en uno de los bolsillos de su raída bata azul y continuó su camino, para apenas un instante después, girarse con gesto triste y preguntar.

̶  Merci, Usem est en bonne santé?

̶  Oui, il va bien.

El anciano asintió esbozando una sonrisa y se alejó con paso cansino, con su mano en el bolsillo donde había guardado el sobre.

viernes, 4 de julio de 2014

La cara del santo hace el milagro


Un par de agudos pitidos lo sobresaltaron y, de un brinco, se puso a salvo en la acera. Un “mototortillero” a punto de arrollarlo pasó a su lado a gran velocidad, justo en el paso de peatones.

̶  ¡Cuidado!  ̶  le increpó Norte.

̶ ¡Jódete pendejo!   ̶ Le respondió el joven acelerando, al tiempo que le ponía los cuernos ofensivamente enseñándole sus dedos índice y pulgar.

Acababa de llegar a Campeche y todavía no le había dado tiempo a adaptarse a las normas básicas que todo viandante debe tener muy presentes, así que se propuso ser un poco más cuidadoso y poner los cinco sentidos cada vez que atravesara una calle o se acercara a menos de 20 metros de un lugar por el que pudiese circular un vehículo a motor. Aunque, sonriendo, pensó que también necesitaría una buena dosis de buena suerte y algo de protección divina.


Cruzó la calle, esta vez asegurándose de que no venía ningún vehículo y entró en la diminuta tienda que había visto unos instantes antes desde el otro lado de la calle. “Antojitos el Trébol” ocupaba escasamente una docena de metros cuadrados en el bajo de una de las hermosas casas coloniales que jalonaban la calle Colón, muy cerca del hotel donde se había alojado.

A las siete de la tarde el calor comenzaba a dar una tregua, quizás ayudado por una leve brisa procedente del mar, sin embargo en el interior del diminuto local, la temperatura todavía se mantenía sofocante. Los estantes atiborrados de chucherías, apenas dejaban espacio para un pequeño mostrador tras el cual se parapetaba el tendero que respiraba al rítmico frescor que le proporcionaba cada vuelta de un viejo ventilador situado, en un precario equilibrio, sobre una pila de revistas.

̶  Agua, por favor.  

̶  ¿También viene por lo del Sagrado Corazón?   ̶ preguntó el vendedor al tiempo que ponía sobre el mostrador una botella de agua helada.

̶  Perdone, no le comprendo   ̶  respondió sorprendido Norte mientras pagaba.

̶  Me refiero al milagro, a la imagen del Sagrado Corazón que apareció en el cemento del suelo de una casa, dos cuadras más arriba.  Mucha gente viene hoy a comprar agua para bendecirla.

̶  No, no me había enterado.

̶  No se habla de otra cosa  ̶ continuó, mientras le enseñaba el titular del periódico local ̶ .  Fíjese lo que dice la mujer del afortunado que la descubrió: “Ya lo hemos limpiado y hasta le pasé el trapeador para ver si se quitaba pero nada, sólo se borra por un momento y solito vuelve a aparecer, creo que es un milagro, mi esposo está enfermo y sin trabajo e inclusive la imagen está mirando hacia su cama lo que indica que Jesús está a su lado”.

̶  Pues no, no sabía nada. Espero que ese pobre hombre recupere la salud y encuentre trabajo.  ̶  Respondió sonriente Norte mientras pagaba, pensando que, en apenas una hora, él sí esperaba que se obrara un verdadero milagro.

Se dirigió, caminando lentamente, en dirección al Parque de la Independencia, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción. La cálida luz del atardecer producía un efecto mágico sobre las fachadas de las casonas coloniales alineadas a ambos lados de la calle, acentuando todavía más su colorido. Sus cornisas, ribeteadas con contrastados diseños geométricos, destacaban sobre el cielo azul, nítido, sin rastro alguno de nubes; ese cielo que invita al optimismo, que hace pensar que ningún nubarrón acecha por el horizonte.


Sin embargo Norte sentía crecer la opresión en el pecho a cada minuto que pasaba. Se reprochaba haber aceptado la invitación, al fin y al cabo ¿qué había hecho para merecer semejantes atenciones? A pesar de haberse puesto un fresco traje de hilo de color arena, comenzó a sudar ligeramente, quizás producto de la tensión y del malestar que comenzaba a atenazarle.

Todavía recordaba cuando recibió la llamada telefónica de un funcionario del Estado de Campeche. La presentación, el lisonjero resumen que hizo de los supuestos servicios prestados a la comunidad y, por último, la propuesta del reconocimiento en un acto público un mes después. Lo sorprendió hasta tal punto que aceptó el ofrecimiento. Después, las dudas, el arrepentimiento y finalmente la desazón. ¿Cuántas veces, desde entonces, se maldijo así mismo por acceder?

Comenzó a escribir un millar de veces unas palabras de agradecimiento y, en otras tantas ocasiones, desechó cada una de las ideas que se ocurrieron. A medida que el tiempo transcurría, cada día que pasaba, Norte veía como los resultados eran peores. La inmediatez de una fecha, cada vez más cercana lo atenazaba de tal manera que finalmente desistió. El largo viaje de más de diez horas en avión fue la confirmación definitiva de que sería incapaz de escribir esas palabras con sentimiento, ese discurso sentido con el que ,desde hacía días, había soñado ganarse al público.  

Había rechazado el amable ofrecimiento de la organización para recogerlo en el hotel. Quería ir caminando, en un último y desesperado intento de encontrar un soplo de inspiración. Finalmente se había rendido a la evidencia y decidió encomendarse a la improvisación. Eso que él quería ver como si realmente fuese producto de la espontaneidad o de la naturalidad, no trataba más que encubrir su propia incapacidad.

Buscó la sombra que proporcionaban las galerías de la plaza del zócalo y se perdió por las calles de la ciudad, dejándose llevar por el frescor que proporcionaban las zonas más umbrías, en un intento de encontrar la serenidad de espíritu que necesitaría en menos de una hora.


De pronto, al doblar una esquina, Norte se encontró con una pequeña muchedumbre congregada frente a una humilde casa. El murmullo procedente de los rezos se elevaba monótono en cada uno de los misterios del rosario. Mujeres de rodillas sobre la acera sostenían en sus manos velas, imágenes de santos, estampas y rosarios. A la puerta de la casa unas monjas Vicentinas, tocadas con un liviano hábito de color crema, organizaban con precisión monástica, la peregrinación que hacia el interior de la vivienda se había formado.

Sin pensarlo Norte se acercó y, sin saber muy bien porqué, se colocó en la cola de acceso a la vivienda. En apenas diez minutos se hallaba en una sencilla estancia enmarcada por paredes de bloques de cemento. Un camastro en la esquina y una pequeña silla de madera, que hacía las veces de mesilla de noche, atiborrada de velas, imágenes de santos y crucifijos componían el lugar de culto. En el suelo unas manchas de humedad  conformaban una difusa imagen que él ni remotamente podría relacionar con la representación del Sagrado Corazón.

A un lado de la escena, la familia Boo Monilla. Cuatro niñas y un chamaco de entre tres y siete años de edad, miraban sorprendidos para la multitud que había invadido su hogar tras las faldas de su madre, mientras su padre declaraba elocuentemente a unos periodistas: “Me quedé sin trabajo por una semana y pensaba en mi familia y lo de mi enfermedad, pero gracias a Jesús que me visitó sé que todo será diferente, mañana me vienen a ver por un trabajo y tengo mucha fe que se cumplirá mi petición”.

En ese instante Norte salió de la estancia y se alejó convencido de que no podría defraudar a aquellas gentes que le querían agradecer el haber creído en su comunidad.

A lo lejos, frente al Teatro Franciscode Paula Toro, se agolpaba expectante otra pequeña muchedumbre, esta vez con un ánimo más festivo. Norte respiró hondo, se abotonó la chaqueta y se dirigió con paso pausado, sabiendo por fin, lo que diría en sus palabras de agradecimiento.


domingo, 15 de junio de 2014

Rosalila (III) ... y final



̶  ¿Y tú crees que un europeo podrá ver un alux?  ̶ preguntó Norte con voz pastosa, visiblemente afectado por el aguardiente.

̶  ¡Pues claro!, incluso hay referencias de algún gringo que logró verlos   ̶ respondió con chanza mientras se reía escandalosamente ̶  . En todo caso te advierto que solo se pueden ver durante la noche.

Sorprendentemente Rosa Lila resultó ser una bebedora experimentada que sobrellevó con una normalidad pasmosa la media botella de Guaro que le había correspondido durante la larga sobremesa de la cena.

Cuando una amable camarera les invitó con cortesía a abandonar el restaurante, se percataron que solo ellos permanecían en el  comedor y que, por el aspecto de las mesas restantes, ya debía hacer un buen rato que todos los demás clientes se habían marchado. Así que Norte se apresuró a pagar, sin olvidarse de dejar una generosa propina y, entre risas, salieron al frescor de la noche.

̶  Los aluxes son algo parecido a vuestros duendes. Tienen un cuerpo infantil pero con detalles y aspecto de personas adultas y se dedican a hacerle travesuras a aquellos que desobedecen a los dioses pero, especialmente protegen y cuidan las propiedades y cultivos de sus creadores y si sorprenden a alguien robando en los huertos, les apalean y vuelven a pegar los frutos de donde los tomaron.

̶  Pero ¿qué aspecto tienen?   ̶ preguntó cada vez más interesado.



̶  En realidad son pequeñas figurillas amasadas con barro virgen y compuestos a partir de elementos elaborados durante varios viernes. Los animales del bosque les proporcionan lo mejor de sí –prosiguió Rosa Lila ̶ .  Así, por ejemplo, las lagartijas les dan sus patas para andar sigilosamente, las lechuzas sus ojos para ver en la oscuridad, los monos sus brazos para trepar a los árboles y su corazón es una mezcla del de paloma y el jaguar para conjugar ternura y valor.

 ̶  Pues yo no quiero irme sin ver uno de esos seres  ̶ afirmó rotundo, haciéndole un guiño ̶ .  Así que no vas a tener más remedio que acompañarme e iniciarme en los misterios de la cultura maya.

̶  Está bien  ̶ contestó por fin Rosa Lila, tras valorarlo durante unos instantes ̶ .  Conozco un lugar, no muy lejos de aquí en donde dicen que por las noches se pueden ver. Se trata de un antiguo silo de trigo excavado en la piedra que está fuera del sitio arqueológico. Solo necesitamos unos cigarrillos y un poco de maíz para la ofrenda, una linterna y alguien que nos acerque hasta allí.

̶  Eso no es problema. Deja que hable con el recepcionista del hotel dónde me hospedo. Seguro que él es capaz de solucionarlo.

Apenas veinte minutos después viajaban dando tumbos en el asiento trasero del Tuc Tuc que los acercó en unos minutos hasta una zona boscosa cercana y, tras pactar con el conductor que volviera a buscarlos al amanecer, tomaron un pequeño sendero que Rosa Lila iluminó con la potente linterna que le habían prestado.

Si el bosque hondureño durante el día parecía misterioso y exuberante, durante la noche su aspecto se volvía enigmático, impenetrable y, sobre todo, peligroso. La negrura más absoluta más allá del haz de luz de la linterna y los ruidos lejanos de los monos aulladores, con sus chillidos guturales y desgarradores contribuyeron todavía más a esa sensación, tanto que instintivamente Rosa Lila y Norte se tomaran de la cintura intentando aminorar la sensación de aislamiento y temor que ambos comenzaban a sentir y que eliminó de un plumazo los últimos vestigios de alcohol que les pudieran quedar.

Tras una corta caminata Rosa Lila enfocó por fin un pequeño agujero circular abierto en el suelo, en un pequeño claro abierto en la espesa vegetación. En el interior un recinto de unos tres o cuatro metros cúbicos, excavado en la roca.



̶  ¡Este es!  ̶ confirmó por fin, dando un pequeño suspiro de alivio ̶ , por un momento pensé que no lo encontraría. Como puedes ver se trata de un pequeño silo para almacenar alimentos. Ahora solo tendremos que depositar las ofrendas y esperar en silencio, por ejemplo ahí   ̶ dijo iluminando con la linterna las raíces de una gran ceiba que crecía a escasos metros.

Buscaron acomodo abrazados bajo la protección de las enormes costillas que apuntalaban el impresionante ejemplar de ceiba y se dispusieron a esperar, atentos a cualquier señal que les indicara que un algún alux merodeaba por las inmediaciones.

De pronto un ruido lo sobresaltó, despertándolo del profundo sueño en el que se había sumido. Tras unos instantes de vacilación, Norte recordó la cena, la arqueóloga hondureña, la botella de Guaro y la estúpida idea de intentar ver a un pequeño duende maya. A su lado, bajo la manta que los cubría de la humedad de la noche, sintió la rítmica respiración de Rosa Lila durmiendo profundamente sobre su pecho. La besó dulcemente y se dispuso a dormir un rato más, sin embargo, el rumor de unos pasitos, carreras  y saltos destacó claramente en el silencio de la noche, muy cerca de donde ellos se encontraban y Norte sonrió y cerró los ojos. Pronto amanecería y, con la luz del día, el mito maya de los aluxes se transformaría nuevamente en una leyenda.