viernes, 21 de octubre de 2016

Carretera al Sur del mundo


Después de varios días de una pertinaz y fría lluvia, el día amaneció claro, límpido, sin una sola nube que empañara el intenso color azul que ese día mostraba el cielo de Puerto Montt. Desde la ventana del hotel, la enorme Cruz que presidía el mirador de la isla Tenglo destacaba sobre el horizonte  y un esbozo de sonrisa se dibujó en su rostro. Estaba claro que la suerte le había acompañado y justo el día que había previsto, Norte podría cumplir uno de sus deseos más anhelados, y además con buen tiempo.

Porque en unos minutos, Norte iba a iniciar el recorrido por una ruta mítica, solo comparable a alguna de las carreteras más famosas del mundo, como la de Trollstigen (La Escalera del Troll) en Noruega o la Ruta 66 que recorre casi 4.000 km entre Chicago y los Ángeles.  Porque lo que él iba a transitar era, ni más ni menos, una parte de la Carretera Austral (CH-7) al Sur de Chile que comunica las ciudades de Puerto Montt y Villa O'Higgins, separadas por casi 1.300 km. Un recorrido verdaderamente hermoso y seductor que coquetea con los Andes Patagónicos y con fascinantes campos de hielo, que atraviesa ríos turbulentos y bordea espectaculares lagos. Todo ello a través de una carretera con firme de grava que se dirige al Sur del mundo, no apta para conductores sin experiencia.

Nada más accionar el contacto del todoterreno que había alquilado, Norte comprendió que la aventura soñada durante meses había comenzado por fin y que, a pesar de que solo tenía tiempo para recorrer un pequeño tramo, estaba a punto de comenzar un bello álbum de recuerdos que jamás se borraría de su mente.

Los primeros quilómetros, a medida que se alejaba de Puerto Montt, transcurrieron por una carretera asfaltada que serpenteaba entre suaves colinas, abandonando por momentos la costa para volver a asomarse al mar al cabo de unos quilómetros y que, a pesar de su belleza, hizo surgir en Norte un casi imperceptible sentimiento de decepción, deseoso de circular ya por la trocha abierta en la selva húmeda chilena.

Y de pronto, todo cambió. Nada más llegar a Caleta La Arena, la carretera se cortó abruptamente en una pequeña rambla que se perdía en el mar, como si ésta continuase por el fondo del océano. Encandilado con el paisaje que se abría ante sus ojos, redujo la velocidad de su vehículo hasta situarse tras un camión salmonero que pacientemente esperaba en el embarcadero la llegada del ferry, para trasladarlo hasta la Caleta Puelche al otro lado del seno del Rolancaví.


La corta travesía, de poco más de media hora, le permitió tener una nueva perspectiva y admirar la densa y exuberante vegetación, con los arrayanes, tepas y lumas que se precipitaban hacia el mar para detenerse abruptamente al borde del Océano Pacífico. Desde la embarcación, la visión del bosque, su conjunción con el mar que lo rodeaba, le pareció simplemente soberbia, un caos que sobrepasaba todos los sentidos.


Nada más doblar el cabo, como emergiendo del océano, nuevamente otra rampla conectaba con la carretera para continuar su lento y sinuoso avance por una vía de ripio y barro que se abría paso a través de una vegetación que se empeñaba obstinadamente en crecer sobre cada centímetro cuadrado de suelo. Porque el bosque fue una de las razones que impulsaron a Norte a emprender esa pequeña aventura y, al igual que en tiempos pasados el hombre navegó a esas tierras en la búsqueda de la madera de alerce, Norte viajaba ahora para ver los últimos vestigios de su presencia en aquellas tierras, apenas 70 años después de aquella vorágine que acabó con los bosques de alerce.


Porque lo que Norte podía ver ahora era una triste caricatura de lo que un día fueron hermosos bosques de alerces con ejemplares de 2000 y 3000 años de antigüedad (sí, has leído bien) que fueron talados sistemáticamente para aprovechar su madera debido a su resistencia a la putrefacción.  


A ambos lados de la carretera, la vegetación pugnaba por cerrar de nuevo la exigua trocha abierta en los bosques en los que hasta hace pocos años reinó el alerce. Condujo con precaución hasta habituarse a esa sensación de inestabilidad que uno tiene cuando circula sobre este tipo de firme, y Norte enseguida comprendió los numerosos consejos que le habían dado para transitar por carreteras de ripio en la oficina donde había alquilado el coche. Roderas, velocidad moderada, posibles pinchazos, barro, animales cruzando la calzada y un largo etc. de recomendaciones le mantuvieron alerta durante todo el viaje.

Por fin, un claro en el bosque le permitió ver un soberbio ejemplar. Apenas a unos metros de la carretera la inconfundible silueta piramidal de su copa contrastaba con el azul intenso del cielo austral, haciendo más bello si cabe el follaje apretado, irregular y siempreverde de la Fitzroya cupresoides, denominación científica del alerce cuyo nombre genérico fue puesto en honor al oficial de la marina británica, Robert Fitz Roy, comandante del Beagle que navegó por estos lugares acompañado nada menos que por Charles Darwin como naturalista.


A su lado enormes tocones, restos de antiguos árboles apeados ya hacía muchos años, atestiguan la ambición del hombre y nos recuerdan constantemente su desconocimiento en la gestión racional de los recursos naturales. Porqué, para Norte, todo lo relacionado con esta especie poseía un cierto halo de romanticismo derivado quizás de su milenaria longevidad que se pierde entre las brumas del tiempo. Desde su nombre en lenguaje mapuche (lawan), hasta el hermoso veteado de su madera rojiza empleada en las tejuelas de madera que recubren las iglesias de Chiloé, pasando por las talas masivas e incendios que llevaron a la especie al borde de la desaparición.

Finalmente regresó a su vehículo, no sin antes echarle una última mirada a aquel ejemplar que acumulaba unos cuantos siglos a sus espaldas y que permanecía en pie como mudo testigo de los avatares de la historia. Y por unos instantes se imaginó cómo sería un bosque dominado por esos colosos que desafían al tiempo con su lentísimo crecimiento. Ningún visitante podrá ver en los próximos 2 milenios los bosque de magníficos alerces que colonizaron esta tierra antes de que los primeros hombres llegaran. Esmirriados y míseros troncos muertos son el último vestigio de su presencia.

La carretera le acercó de nuevo a la costa, pasando del cromatismo de los miles de verdes de la pluviselva chilena a un nuevo universo de colores y aromas, ahora dominados por las aguas del océano. Porque en el sur de Chile la relación con el medio marino se intensifica a medida que nos acercamos al sur del mundo, cuando la carretera austral no existía y todo el transporte de mercancías y personas debía realizarse mediante la navegación; por medio de hermosas embarcaciones de madera que ahora descansan varadas en las orillas, a la espera quizás de que algún día vuelvan a ser utilizadas.




Finalmente la comuna de Hornopirén, a los pies del volcán homónimo  que recibe su nombre , de mapudungun pirén, en la lengua nativa y que significa "Horno de nieve"... un nombre arrebatadoramente bello para un lugar no menos hermoso en el que descansaría antes de continuar viaje hacia el Sur del mundo. 


jueves, 22 de septiembre de 2016

El embrujo del Cañón del río Lobos


Todavía recordaba cuando le hablaron de aquel lugar por primera vez. Era una evocación tan nítida, tan límpida, que el paso de los años no lo había logrado desdibujar ni un ápice aquella impresión que tuvo desde el primer momento, la sensación de que el Cañón del Río Lobos era especial. Ahora, muchos años después, Norte sentía que aquel lugar era fascinante; allí se aunaba naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que volvía irremisiblemente, seducido por su embrujo.

Para Norte, el Cañón del río Lobos es uno de esos lugares en los que los diferentes mundos que lo conforman se entrelazaban con una armonía y un equilibrio que componen un todo único; un crisol en el que se funden los elementos hasta conseguir una aleación incomparable e irrepetible.

Porque lo que primero le atrapó nada más llegar allí fue su silencio, ese silencio ensordecedor solo roto por el susurro del viento colándose entra las ramas de los árboles y diseminando  por cada rincón el olor resinoso y acre de los pinos y de las sabinas. Un silencio que da paso a una naturaleza serena y hermosa, dominada por el profundo cañón calizo erosionado por el río Lobos y cuyas enormes paredes, decoradas con las bellas tonalidades rojizas de los óxidos de hierro, están cuajadas de cuevas y simas que le confieren un halo de misterio propio de los lugares mágicos. Y aquí y allá, como pinceladas en un hermoso óleo, las sabinas que sobreviven obstinadamente en un puñado de tierra, trepando por las laderas y dando ese toque de naturaleza viva.


Desde lo alto, dominando toda la bóveda del cañón, la silueta inconfundible de bordes desflecados del buitre leonado planeando por los cortados y ascendiendo en espiral hasta los  mismos cielos, en un vuelo interminable de búsqueda incesante.

Pero para Norte, la nota destacada, el elemento diferenciador que hacía mágico y único el Cañón del río Lobos era, además de su hermosa naturaleza,  la historia que atesoraba en su interior. Una historia repleta de leyendas enredadas en las brumas del tiempo que llegaron hasta nosotros gracias a tradiciones que convirtieron a ese enclave en un lugar enigmático.

Y de pronto, en un ensanchamiento del cañón, quizás en uno de los lugares más bellos que uno se pueda imaginar, asoma la ermita de San Bartolomé; una sencilla y austera capilla románica del siglo XIII que parece parida por la propia madre tierra. Como una formación rocosa más, como una excrecencia de la madre tierra que rivaliza con las paredes rojizas que la rodean, Norte jamás se había sentido capaz de imaginarse aquel lugar sin ella.


Desde la distancia era como más le gustaba observarla. Desde allí la pequeña capilla mostraba esa integración con el entorno que la rodeaba y era entonces cuando la leyenda se fundía con la realidad y Norte rememoraba el hecho prodigioso que, según cuentan, dio origen a la ermita de San Bartolomé de Ucero. Es en ese instante cuando uno comprende que cabe la posibilidad de que, en el mismo lugar donde se levanta el santuario, los cascos del caballo que montaba el apóstol Santiago quedasen esculpidos en la roca al saltar desde los cortados para escapar de los invasores musulmanes y su espada se le cayese, clavándose en el suelo y señalando el lugar donde debía erigirse la capilla.

Pero de lo que sí no había duda –pensó Norte- era de que la ermita de San Bartolomé se encuentra justo en el centro de la línea imaginaria que une el Cabo de Creus y el “Cabo del fin de la Tierra” (Cabo Finisterre), o cabo Touriñan según otros autores, exactamente a 532 quilómetros y 744 metros, más o menos, de cada uno de los dos cabos. Y Norte sonrió al pensar que, en efecto, un lugar tan bello, en el que el Apóstol  Santiago logró escapar indemne de los invasores musulmanes y en el que se da una circunstancia geográfica semejante, bien merecía la construcción de una ermita tan hermosa como aquella.

Pero si la perspectiva que daba la distancia la hacía arrebatadoramente bella, acercarse a la sencilla construcción románica le permitía a Norte admirar con detenimiento el hermoso repertorio iconográfico con su extensa colección de canecillos llenos de simbolismo; y, en especial, su rosetón, emblema del parque natural, con seis corazones entrelazados que conforman a su vez una estrella de cinco puntas que representan el conocimiento y que relacionan el lugar, según algunos autores, con el halo siempre misterioso de los caballeros templarios.


Y es que a medida que uno se adentra en este cañón, lleno de secretos y misterios, la imaginación se dispara acompañada quizás por el rosario de leyendas que subsisten obstinadamente al paso de los siglos.

En sus numerosas visitas Norte había tenido la oportunidad de charlar con gente del lugar y casi siempre escuchaba testimonios que le desvelaban nuevas perspectivas sobre aquel enclave. Decenas de historias verosímiles o no, pero todas hermosas y llenas de misterio como la “Leyenda de la roca de la músicamágica” que le había narrado un pastor de Santa María de las Hoyas.  Una historia que comienza con un título ciertamente seductor pero de desenlace trágico, y que nos relata como las tres hermosas hijas del señor de Ucero acostumbraban a subir todas las tardes a lo alto de la “Roca de la música mágica” para buscar inspiración y sosiego. Hasta que un día al atardecer, justo en el solsticio de verano algo ocurrió tras las últimas campanadas de la ermita de San Bartolomé… 


Y es que el Cañón del rio Lobos es un microcosmos que aúna naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que vuelve irremisiblemente, seducido por su embrujo.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Entre la bruma del Pacífico


Después de tres horas de viaje, un gesto casi imperceptible, parecido quizás a una leve sonrisa, se dibujó en su rostro fatigado. Por fin dejaría la Carretera Panamericana Sur, atestada de enormes camiones y jalonada de cientos de anuncios publicitarios, para dirigirse a su destino. A pesar del confort del moderno 4x4 que había alquilado en Lima, lo cierto es que la ruta desde la capital le había resultado muy fatigosa y cansina. Más de 250 quilómetros a través de un terreno árido e inhóspito,  un desierto costero con colinas suaves, que alternaba con localidades al borde de la carretera no particularmente atractivas. De cuando en vez, algún que otro arbusto espinoso creciendo obstinadamente en aquel terreno reseco, subsistiendo quizás de la condensación de las brumas de la mañana y, cuando los acuíferos que bajan de las montañas lo permitían, se alternaban zonas con cultivos de algodón, vid o frutales.


Durante todo el viaje, y a medida que se aproximaba a la ciudad de Pisco, Norte no pudo dejar de revivir los sucesos ocurridos hacía ya 8 años, cuando poco después de abandonar aquella ciudad un enorme terremoto de magnitud 8 la asoló, dejando tras de sí un rastro de miles de damnificados, una destrucción casi total de la ciudad y un gran número de muertos. Y no pudo evitar recordar a Don Guillermo Huyhua, un barman de origen aimara con el que había compartido una generosa cantidad de pisco (aguardiente) hasta altas horas de la mañana hablando de lo divino y de lo humano. Tampoco pudo evitar acordarse de William, el guía que le acompañó a la Reserva de Paracas, un biólogo enamorado de su profesión que también, como otros muchos compatriotas, le confesó su deseo de ir a España a completar sus estudios de Ecología.

Era la primera vez que volvía a Perú después de aquel trágico suceso y parecía que los 8 años transcurridos no habían obrado el efecto benefactor que se suele atribuir al tiempo, ese lapso temporal que lentamente transforma el dolor en recuerdo.

Tan pronto llegó a la localidad de Paracas se dirigió hacia su destino. Quería volver a visitar La Reserva Nacional de Paracas, un lugar mágico en el que se puede contemplar como las frías y ricas aguas de la Corriente de Humboldt dan refugio y alimentación a una fauna asombrosamente numerosa.  


Un océano repleto de vida con una gran diversidad de peces y mamíferos marinos que continúa en la franja costera, con acantilados y playas en donde anidan y viven millones de aves.

Como otras muchas veces, Norte había tenido suerte; no había rastro de visitantes, así que detuvo el coche y caminó los últimos metros hasta asomarse a los acantilados y, una vez más como había ocurrido hacía 8 años, asombrarse por el estallido de vida, que apenas a unos metros de donde él se encontraba, se empeñaba en manifestarse en forma de leones marinos y pingüinos de Humboldt.


A su izquierda, aprovechando el abrigo que proporcionaban los estratos erosionados de la roca volcánica un grupo de piqueros incubaba pacientemente los huevos con el objetivo de sacar adelante una nueva generación que perpetuara su especie, en un ejercicio de abnegación y altruismo que a él siempre le había asombrado.


A lo lejos una gigantesca colonia de aves guaneras le hizo retrotraerse de nuevo en el tiempo, cuando su amigo William le mostraba una "pajarada" semejante compuesta por decenas de miles de piqueros, alcatraces y guanayes mientras le explicaba entusiasmado como cada individuo forma parte del complejo dispositivo que las corrientes frías de Humboldt originan, dando lugar a uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Y de nuevo recordó con tristeza a Don Guillermo, a William y a tantas otras personas con la durante esos días había compartido unos momentos y de los que no había vuelto a saber.


Pero a Norte, lo que realmente le fascinaba de la Península de Paracas era quizás lo que menos le llamaba la atención a los visitantes. Sus llanuras desérticas que se extendían hasta el infinito, solo interrumpidas por la bruma del Pacífico que proporcionaba un velo sutil y etéreo a las arenas del desierto, teñidas de tonalidades rojizas, rosadas o amarillentas.

Y por unos instantes, como había ocurrido 8 años antes Norte se sintió como un astronauta en la superficie de un planeta hostil pero arrebatadoramente bello, oculto por la bruma de un océano inmenso.



Enlaces relacionados: Soñando con Shangri la

viernes, 26 de agosto de 2016

El lugar donde viven los dioses

Pirámide del Sol (Teotihuacán)

Nada más alcanzar la explanada que se extendía frente a aquella enorme pirámide pétrea, se detuvo asombrado al pie de la interminable escalera que ascendía hasta su cima. En lo más alto y a diferentes niveles, pequeñas figuras ascendían cansinas, uno a uno, los más de 250 escalones que él también habría de subir si quería disfrutar de la privilegiada vista que sin duda se disfrutaría desde allí arriba.

Todo en Teotihuacán era fascinante y su embrujo atrapó a Norte desde el primer momento. Cuando partió, hacía apenas una hora de México DF, no podía imaginarse lo que allí se encontraría. Las ruinas de una colosal urbe que en sus mejores momentos albergó a más de cien mil almas y que se convirtió en una de las mayores metrópolis prehispánicas de Mesoamérica.

Y es que todo en ella era un enigma, incluso el nombre que le dieron sus fundadores sigue siendo un misterio 2000 años después. Su topónimo actual de Teotihuacán, es en realidad el nombre con el que los mexicas la denominaron  cuando se encontraron con la enorme ciudad en ruinas, mucho tiempo después de que fuese abandonada. También se desconoce la identidad étnica del pueblo que la erigió o las causas del colapso de su civilización y de su posterior desaparición, quedando solo los vestigios de lo que un día fue su magnífica ciudad. Teotihuacán era como un enorme barco encallado entre las brumas del tiempo.

Y es que todo en ella era grandioso. Especialmente la Pirámide del Sol, construida en torno al año 200 de nuestra era; un enorme poliedro de 63 metros de altura y 223 metros de lado que se levanta  en medio de aquel valle desértico y que rivaliza con las pirámides más grandes del mundo. Durante unos instantes Norte pensó en el enorme esfuerzo que debió suponer su construcción para una sociedad que carecía de las herramientas más elementales y se preguntó qué favores les habrían otorgado unos dioses merecedores de aquel esfuerzo titánico.

Y es que todo en aquella ciudad era solemne. Y se imaginó las ofrendas en la Pirámide de la Luna; otra soberbia construcción que preside un conjunto de 12 pirámides escalonadas de menor tamaño que se distribuyen en torno a una gran explanada ceremonial, la Plaza de la Luna, que debió dedicarse a rituales religiosos. Y es que la Pirámide de la Luna delimita por el norte la Avenida de los Muertos y constituye uno de los puntos más especiales de todo Teotihuacán.

Plaza y Pirámide de la Luna (Teotihuacán)

Y es que todo en ella era monumental. Sobre todo cuando Norte pudo visualizar con cierta perspectiva la Calzada de los Muertos, una gran avenida central de más de tres quilómetros de longitud  en torno a la cual se sitúan los edificios más importantes. Por ella discurrirían muchas de las conmemoraciones rituales que para el pueblo Teotihuacano asegurarían la prosperidad de la ciudad.

Y Norte trató de imaginar las sensaciones que sentirían los prisioneros, avanzando humillados y aterrados hacia su sacrificio a lo largo de aquella interminable avenida flanqueada por hermosos edificios policromados. Prisioneros aturdidos que, con seguridad, jamás habían visto nada parecido en su vida, asombrados por el tamaño y la riqueza de las construcciones y aterrorizados por su destino. 

Avenida de los muertos y Pirámide del Sol (Teotihuacán)

Y es que todo en ella era colorido.  Las paredes de los templos, también las de la Pirámide del Sol, habían estado revestidas de estuco y color. Pero si algo llamó la atención de Norte fueron las pinturas murales. Arrebatadoramente bellas, con sus coloraciones destacando de un modo especial, quizás por los pigmentos, quizás por la propia armonía del conjunto o la maestría de los artistas que las realizaron.

Alegoría del Tlalocan”. Detalle en la pintura mural del Palacio de Tepantitla (Teotihuacán)

Y es que en aquella ciudad, los jaguares eran dioses que simbolizaban la fertilidad del suelo. Y Norte pudo deleitarse con procesiones de criaturas míticas como hermosos jaguares, adornados con conchas marinas y emplumados con penachos de plumas de quetzal, que tocan caracolas marinas también con penachos de plumas y que derraman gotas de agua en una hermosa alegoría a este elemento, tan preciado en la zona.

Detalle de la pintura mural del Palacio de los Jaguares (Teotihuacán)

Y es que todo en aquella ciudad era hermoso. Como el Templo de Quetzalcoatl, decorado con enormes cabezas de serpientes con el cuerpo cubierto de plumas. Una pirámide de siete niveles que todavía conserva muchas de sus cabezas aferradas a ella y que a Norte le pareció la más bella de todo Teotihuacán.

La pirámide de la Serpiente Emplumada o Quetzalcóatl (Teotihuacán)

Porque Quetzalcóatl es el dios más antiguo de América Central.  Es el dios de la  “serpiente emplumada”, era el dios de la naturaleza, los vientos y la lluvia. 

Quetzalcóatl. Museo del sitio arqueológico (Teotihuacán)

Y es que Teotihuacán era el lugar donde residen los dioses. «O mejor sería decir el lugar donde los hombres se convierten en dioses »  –pensó Norte cuando se detuvo de nuevo delante de la inmensa Pirámide del Sol, dispuesto a subir los más de 250 escalones hasta su cima. 

viernes, 19 de agosto de 2016

El románico perfecto


No hacía mucho tiempo, alguien le había dicho “que el cansancio del camino no te impida pensar” y sin embargo cuando partió de Hontanas no pensó en los más de treinta quilómetros que ese día le quedaban por delante. Treinta quilómetros de caminos polvorientos, de interminables y monótonas pistas agrícolas y de rectilíneas carreteras secundarias que atravesaban el ondulado paisaje de Tierra de Campos. Treinta quilómetros de un horizonte jalonado por palomares de barro y paja cocidos al sol, de castillos y de hermosas iglesias románicas que despuntan en la lejanía. Treinta quilómetros de sol; de un sol abrasador e insoportable. El mismo sol que llevaba castigando impenitentemente a Norte desde hacía varios días y que, muy a su pesar, le acompañaría durante varios días más.

Tampoco pensó en los más de cuatrocientos cincuenta quilómetros que había de recorrer en los próximos días hasta alcanzar su meta. Y tampoco le sirvió de mucho recordar los  trescientos cincuenta y cuatro quilómetros que llevaba caminado desde que ya hacía casi quince días había partido de Saint Jean Pied de Port.

Se acercaba al meridiano de su viaje. En realidad se acercaba a la mitad desde el punto de vista matemático; porque desde el punto de vista emocional, si pudiese denominarse así, esa sensación de que finalmente alcanzaría la meta a pesar del calor, del frío o de la lluvia; de las ampollas en sus pies o del dolor de espalda que a veces le obligaba a parar y apretar los dientes, ese reto lo había superado hacía ya varios días. Ahora sentía que estaba plenamente resuelto a terminar “su camino” que, en su caso, no era otro que llegar a Santiago de Compostela.

Los últimos quilómetros del día, ya con Frómista a la vista, habían transcurrido apaciblemente, acompañado por el leve murmullo de las aguas reposadas y sosegadas del Canal de Castilla. Un silencio solo interrumpido por el cadencioso sonido del caminar de un par de peregrinos con los que, en un juego interminable de silencios y miradas dibujó, sin decirlo, una constelación de palabras.

Por qué si algo había aprendido Norte durante el camino fue a caminar en silencio, acompañado de una deliciosa soledad que le hacía sentir una seductora sensación de libertad. Por qué si algo recordó Norte durante el camino fue todo lo que ya sabía pero la vida le había hecho olvidar. Y por qué si algo Norte experimentó durante el camino fue la solidaridad, ese apoyo incondicional a los semejantes con una ilimitada capacidad de entrega que pudo comprobar a diario a lo largo de su viaje.

Se detuvo unos instantes para admirar el conjunto de cuatro esclusas consecutivas que se encuentra a las puertas de Frómista, un punto excepcional donde se cruzan el Canal de Castilla y el Camino de Santiago, un lugar de encuentro de caminos: el camino de sirga y el camino francés.


Norte no dejó de pensar en la huella indeleble que ambos caminos habían dejado y continúan dejando. Por un lado, el singular trazado fluvial del Canal de Castilla que recorre las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid, diseñado como vía fluvial para el transporte de mercancías y como medio de comunicación que lleva influyendo en el paisaje y en las costumbres de sus vecinos (canaleros) desde que se construyó a mediados del siglo XVIII. Y, por otro, el Camino de Santiago, convertido en un notorio fenómeno cultural y espiritual,… en una verdadera autovía del conocimiento, desde que, allá por el siglo IX se comenzara a transitar.

Y por fin Norte se encontró con una de las joyas del camino: la Iglesia deSan Martín de Tours en Frómista. Para él, el románico perfecto. Porque, a pesar de la drástica y muchas veces cuestionada restauración que se hizo a finales del siglo XIX, al contemplar este templo de formas serenas y equilibradas, de una gran hermosura ornamental, se podía comprender el objetivo de sus constructores como un medio de alabanza a Dios. 


Paseó por el exterior, disfrutando de los más de trescientos canecillos que ocupan todo el contorno exterior del tejado del templo con un gran número de figuras con diseños vegetales, geométricos, seres humanos y animales, también monstruos mitológicos y personajes con representaciones eróticas y obscenas. A diferentes alturas y recorriendo todo el perímetro de la iglesia, un sencillo pero hermoso ajedrezado que complementaba a la perfección con las sobria ornamentación románica, contribuía a esa sensación de serenidad que transmitía nada más verla. 


Porque, a pesar de que el arte románico no es refinado, a Norte no dejaba de sorprenderle su sensibilidad primitiva y rural, el empleo de formas y volúmenes muy sencillos que no tenían como objetivo la estética del edificio sino la exaltación religiosa y la ofrenda a Dios.

Y fue precisamente en el interior de San Martín cuando Norte comprendió que en ese mundo rural, con un pueblo inculto y analfabeto al que era necesario instruir, se hacía una enseñanza en muchas ocasiones con un mensaje más centrado en el temor a Dios que en la comprensión de su doctrina. Y sus cincuenta capiteles eran una buena prueba de ello y además de la representación de pasajes bíblicos o mensajes moralistas también estaban presentes el miedo, el castigo y monstruos mitológicos para asustar a las gentes. 


Pero, a pesar del cansancio, Norte no pudo dejar de saborear su embrujo, el hechizo de un templo fascinante que nos muestra la belleza de sus proporciones y sus formas serenas y equilibradas, que hacen de San Martín de Tours el románico perfecto.

viernes, 29 de julio de 2016

Trenzando letras y caminos


Lo había hecho infinidad de veces. Leer un libro cuya trama se desarrollaba en lugares reales para más tarde visitarlos, disfrutarlos, saborearlos,… intentar ponerse en la piel del escritor y descubrir el por qué ese territorio le había cautivado de esa manera, intentar descifrar qué le había llevado a situar la acción en ese lugar… desde siempre, le había producido un especial deleite. Y, últimamente, esa inclinación se había visto acrecentada... hasta tal punto que cuando se topaba con un pasaje en el que se integraban  territorio, con todo lo que conlleva el término, y una temática de interés, se apoderaba de él un deseo irresistible de conocer de primera mano el lugar o de volver, en que caso de que ya estuviese, y poder disfrutarlo desde esa nueva óptica que le aportaba el autor.

Y este era el caso. Norte conocía el lugar. Se trataba de la Ribeira Sacra y había estado allí con anterioridad en numerosas ocasiones, pero después de leer el libro que tenía en sus manos había decido volver y contemplarlo desde aquella otra perspectiva que le sugería el autor y que desarrollaba, como un tema secundario de su novela, el abandono y el dramático proceso de ruina y expolio al que se ven sometidos muchos elementos del patrimonio cultural.

Desde la majestuosa atalaya del castillo de Castro Caldelas, Norte disfrutó de una hermosa y privilegiada vista. A sus pies se extendía una fértil comarca en cuyo centro pudo vislumbrar la todavía imponente estructura del Monasteriode San Paio de Abeleda. No fue necesario abrir el libro.  Había interiorizado de tal modo esos pasajes, le habían impactado de tal manera que, ahora después de pasearse entre las ruinas de lo que un día fue un hermoso edificio, Norte comprendió que había llevado al autor a incorporar y denunciar en su novela el proceso de abandono y expolio que estaba sufriendo el antiguo cenobio.

En concreto, quería recobrar el momento en el que el protagonista de la novela narra en primera persona cuando se encuentra los restos de un cenobio abandonado y le produce una fuerte atracción desde su óptica de artista:

“Llevaba recorrido un buen número de kilómetros cuando, tras una curva muy pronunciada, se abrió ante mí un extenso valle. Prácticamente estaba ocupado por pequeñas, y aparentemente muchas de ellas abandonadas, parcelas agrícolas delimitadas por caminos, pequeños muros o líneas de setos casi arbóreos. En el centro, dominando una buena parte del territorio, se destacaba una enorme construcción ruinosa que rápidamente captó mi atención. En torno a una desvencijada iglesia se levantaban los altos muros semiderruidos, cubiertos de vegetación en muchas partes; entre las cubiertas hundidas, emergían poderosas como símbolos de pasado esplendoroso, las chimeneas de unos hogares que hacía muchos años que no se habían encendido. 


La visión de aquel conjunto me atrajo de inmediato. No sabía muy bien por qué pero, de pronto, ya no deseaba regresar con tanta urgencia y la necesidad de saber que era aquel formidable edificio y que circunstancias lo habían llevado a aquel estado de abandono se apoderó de mí. Me imagino que era fruto del historiador que todavía llevaba dentro.

Busqué un lugar al borde de la carretera donde parar y observarlo con más detenimiento. Aparentemente se trataba de un antiguo convento en ruinas del que solo la iglesia era claramente reconocible desde aquella distancia. El resto estaba compuesto por una amalgama de gruesos muros de mampostería en donde se apreciaban claramente las ventanas, huertos adyacentes con viñedos abandonados y árboles de grandes dimensiones creciendo sin control que completaban un cuadro decadente pero no falto de belleza. Traté de hacer memoria pero, por más que lo intenté, no lograba recordar de qué edificio se podía tratar.

La curiosidad dio paso al interés. Aquella construcción representaba muy bien la idea de los microcosmos que estaba buscando. A pesar de su abandono, de sus cubiertas caídas, de la maleza que crecía sin control entre los muros desconchados, todavía se podía apreciar que había sido el centro en torno al cual giró la vida de aquel valle y sus alrededores. Aún ahora, en ese estado, por lo menos desde la perspectiva del paisaje, su imponente presencia seguía marcando el eje alrededor del cual se configuraba la comarca. No cabía la menor duda que, de nuevo, me encontraba frente a una vista susceptible de convertirse en un paisaje esférico a través de uno de mis cuadros.

Después de fotografiarlo decidí posponer durante un par de horas el viaje de vuelta y acercarme para observarlo con detalle. Continué por la carretera buscando alguna vía que me condujera hasta allí  y, tras un par de intentos  fallidos que me llevaron a ninguna parte, encontré una estrecha pista que serpenteaba bordeando un muro de piedra de poco más de un metro de altura que me condujo directamente a una gran explanada. Al fondo se encontraba limitada por una muralla en donde se abría una puerta cerrada por una verja y tras la cual se podía ver una gran plaza interior empedrada rodeada de edificios también en ruinas.

Mientras me aproximaba, rebuscaba en lo más profundo de mis recuerdos de alumno de historia el nombre de aquel cenobio, pues ya no me cabía duda alguna de que se trataba de un antiguo centro monástico, pero a pesar de mis repetidos esfuerzos por hacer memoria fui incapaz de recordarlo. En mi época de estudiante, la práctica totalidad de los monasterios de aquella zona se encontraban semi abandonados o en un estado de ruina absoluta y no fue hasta la década de los noventa en la que edificios emblemáticos como San Pedro de Rocas, San Estevo de Ribas de Sil o Santa Cristina de Ribas de Sil comenzaron a ser restaurados con mayor o menor fortuna. Lo que realmente me llamó la atención fue encontrarme con un convento de aquellas dimensiones en semejante estado de ruina cuando, por toda la comarca, se habían realizado importantes acciones para conservar su patrimonio artístico.

Un estrecho sendero me condujo hacia la parte trasera del conjunto. La decadencia y el abandono eran patentes en cada uno de los muros y de los edificios que me fui encontrando. Los cultivos de las huertas circundantes no eran una excepción y la maleza invadía los campos y viñedos más próximos a él. Continué caminando intentado sortear la vegetación, que en algunos tramos casi me impedía avanzar, hasta llegar justo al límite de los altos muros que rodeaban el conjunto de edificios. Allí una puerta cegada por altas zarzas me impidió explorar el interior así que rodeé las murallas traseras en un intento de dar con la entrada principal. Tras más de quince minutos de lucha contra una maleza que crecía sin control vi cómo, a lo lejos, un hombre se afanaba por tapiar una hermosa puerta con grandes bloques de cemento.


A medida que me acercaba percibía con mayor nitidez la melodía que canturreaba mientras, aparentemente sin apenas esfuerzo y con la habilidad de albañil veterano, colocaba uno tras otro las piezas que cegaban la entrada.

- ¡Buenos días! –saludé cuando apenas me restaban unos metros para llegar a su altura.

Tan ensimismado se encontraba que no se había percatado de mi presencia así que, sorprendido por el saludo, dio un respingo volcando el caldero con agua que tenía a su lado.

- ¡Joder que susto! –me respondió perplejo tras unos instantes de vacilación.

- Lo siento, no quería asustarlo –me disculpé− simplemente estaba buscando un lugar para poder ver el interior.

- Esto es una propiedad privada –me respondió en un tono brusco y seco− y no se puede visitar. Además está todo en ruinas y es peligroso.

- ¿Podría decirme de que edificio se trata? –insistí a pesar de sentir como me observaba con gesto desconfiado intentando descifrar mis verdaderas intenciones.

- Esta puerta que estoy tapiando es de la iglesia del convento de San Paio, aquí en Abeleda.

De inmediato recordé que en efecto había oído hablar de ese convento y que, ya en mi época de estudiante, se encontraba abandonado y en un serio estado de conservación y, por el aspecto que tenía, en todo ese tiempo nadie había sido capaz de detener el deterioro al que se había visto sometido.

Me encontraba en un pequeño atrio en el que se podían ver, surgiendo entre la maleza, algunas lápidas sepulcrales. A mi izquierda se abría, o quizás debía decir se estaba tapiando, la puerta que daba acceso a la iglesia. Se trataba de una hermosa portada coronada por un arco de medio punto cuyo tímpano estaba  decorado con unas hermosas pinturas todavía patentes a pesar de su evidente antigüedad. Justo enfrente, al otro lado del pequeño cementerio, se distinguía una magnífica puerta ojival invadida por las zarzas. 


- ¿Me podría dejar echar un vistazo? –me decidí a preguntar, tras un momento de titubeo, durante el cual el albañil no me quitó el ojo de encima ni un solo instante.

De nuevo recibí una parca negativa, así que decidí insistir un poco más explicándole las razones por las que quería conocer con un poco más de detalle aquel edificio.

- Mire usted, perdone que insista, pero le agradecería mucho que me permitiese ver el interior del edificio. Me llamo Diego Sobral, soy pintor y vivo en Pontevedra. Llevo desde ayer viajando por A Ribeira Sacra buscando modelos para mi nueva exposición de pintura y cuando vi este edificio desde la carretera me pareció muy sugestivo. Le pido por favor que me permita visitar el interior para conocer un poco más de él y así poder plasmar su verdadera esencia.

Tuve un atisbo de esperanza cuando un gesto en su rostro me pareció indicar que se lo estaba pensando pero, de nuevo, volvió a negarse, esta vez con un escueto movimiento de cabeza.

Desilusionado y un poco frustrado  me despedí del hombre, no sin antes echarle un último vistazo a aquella hermosa puerta que estaban tapiando y que seguro era solo la antesala de una bella iglesia.
Llevaba apenas un centenar de metros desandados cuando oí la llamada del albañil.

- ¡Oiga!, espere un momento.

Me giré y tras de mí, por el sendero que yo había abierto en la vegetación, avanzaba el operario haciendo señas con el brazo para llamar mi atención.

- Espere un momento –me dijo nada más llegar a mi altura− voy a acabar de tapiar la entrada de la iglesia y hasta que me traigan el marco y la puerta de metal que encargamos no se podrá volver a entrar. ¿Quiere echarle un vistazo?

- ¡Muchas gracias! –le contesté agradecido− le aseguro que solo será un momento. Ha sido una suerte encontrarlo aquí.

- Lo que fue una suerte es que no lo haya visto la guardia civil rondando por el convento. Llevamos varios robos seguidos y estos días están muy atentos. ¿Vino en coche?

- Sí, lo tengo aparcado en la explanada que hay aquí al lado.

- Pues lo más probable es que en cuanto lo vean desde la carretera se acerquen a comprobar de quién se trata y que hace aquí.

- Le aseguro que soy un pintor y que solo quiero conocer un poco más a fondo el edificio para documentarme todo lo posible. Por lo que vi hasta el momento su tipología no responde a los modelos clásicos que todos conocemos.

- Da igual. A estas alturas, como no se lleven las piedras de los muros, ya poco queda. Hace unos años –continuó cada vez más confiado− cogimos un camión que se llevaba la pila bautismal del monasterio y ahora la tenemos en la capilla de San Antonio que está entre las casas y es más difícil que la roben.

Cuando llegamos a la altura de la puerta de entrada a la iglesia pude contemplar un panorama desolador. A través del hueco que todavía no había tapiado se podía ver la única nave de la iglesia con las cubiertas caídas y la maleza invadiéndolo todo. En medio de toda aquella desolación, destacaban las pinturas policromadas repartidas por muchas zonas del edificio, en especial los capiteles decorados con bestias imaginarias y motivos vegetales.


- No entiendo mucho –continuó− soy un albañil pero creo que esto no es para tenerlo en este estado. Hace unos años se llevaron los retablos e incluso columnas de piedra, por eso digo que apenas queda ya nada por expoliar.

- ¿Pero nadie hace nada?, ¿la Iglesia no lo cuida?

- Esto ahora es privado. La diócesis de Ourense lo cedió por no sé cuantos años a unos empresarios para hacer un hotel pero la cosa no arranca y cada vez hay más retrasos. De cuando en cuando, nos enteramos que falta algo. Sin ir más lejos el otro día el encargado se encontró una enorme piedra tallada colocada en la base de un muro que rodea el convento, seguramente la tenían preparada para venir a buscarla con un coche. Buscamos y nos encontramos que correspondía a una parte de la lareira.

- Es terrible ver como impunemente se expolia el patrimonio –me quejé amargamente.

- La puerta que estoy tapiando es para evitar que la gente entre y acceda a las pinturas, posiblemente lo único que queda de valor. Hace apenas una semana  tiraron abajo la puerta de madera carcomida que había. Como ya le dije, se encargó una puerta y un marco de metal pero como tardará unos días, se tapia de momento toda la puerta por precaución.

Me fijé con más detenimiento y, a pesar de la distancia que me separaba de ellos, los capiteles policromados destacaban por sus vivos colores sobre el fondo crema de las paredes. También arcos y otros elementos constructivos presentaban el mismo tipo de policromía.

- Allí, tapada por la maleza –dijo señalando hacia el extremo opuesto a la iglesia− hay otra puerta, dicen que gótica, pero la parte más trabajada, con las figuras que la adornan, está orientada hacia el patio del convento, así que no se pueden ver. Es una lástima porque tiene mucho mérito.

Me despedí, después de agradecerle que me hubiese dejado echarle un vistazo, y volví sobre mis pasos para retomar el camino de vuelta. Sin embargo, tal y como me habían presagiado tan solo hacía un rato, en cuanto alcancé a ver mi coche pude comprobar que, aparcado a su lado, se encontraba un vehículo de la guardia civil y que un agente estaba tomando nota de algo mientras su compañero miraba con atención en el interior de mi viejo Peugeot a través de los cristales.” 
(La mujer que miraba las estelas de los aviones - A. Rodríguez, 2014)

sábado, 9 de julio de 2016

La caricia iridiscente


La calidez del sol primaveral sobre su rostro le ayudó a superar momentáneamente el pequeño bache anímico que le había producido la Barcelona que se había encontrado. No recordaba con exactitud cuánto tiempo había pasado desde su última visita a aquella hermosa ciudad, quizás 5 o 6 años y, a pesar de no suponer un lapsus de tiempo demasiado grande, lo cierto era que la ciudad que se encontró lo había decepcionado enormemente.

La ciudad que él recordaba se situaba a años luz de aquel hervidero de gente de un sinfín de  nacionalidades que pululaba por todas las esquinas, en una vorágine consumista de tópicos transformado en souvenirs de baja calidad. En un primer momento pensó que quizás ese fuese el precio de la fama, ese caro peaje que se debe pagar cuando una ciudad alcanza el éxito, esa pérdida de identidad aliñada con el “todo vale” cuando se manejan los fríos números de las cuentas de resultados de los negocios abiertos por y para los turistas. Durante un instante intentó ponerse en la piel de miles de barceloneses y barcelonesas que debían sufrir el martirio diario de las hordas de turistas en busca de lo obvio, de lo trivial; de los desembarcos diarios de miles de cruceristas que toman, como si de una cabeza de puente se tratara, las zonas más populares de la ciudad tratando de beberse de un solo trago toda la belleza que atesora Barcelona.

Se alejó de las Ramblas, atestadas de turistas hasta llegar al Moll de la Fusta, un hermoso paseo que discurre paralelo al Paseo de Colón. Norte disfrutaba de un agradable paseo refrescado por una ligera brisa del mar, ajeno al ajetreo que con toda seguridad tenían otras zonas de la ciudad. Desde allí podía ver, con la tranquilidad que proporciona la distancia, el Maremagnun y los enormes cruceros que, a esas horas, se encontraban dispuestos a partir no sin antes recoger a los últimos rezagados que habían desembarcado esa misma mañana.


Aunque Norte no era ajeno al turismo masivo y había estado en lugares en dónde sufrían la misma problemática como Venecia, Florencia o Brujas, para él Barcelona se había convertido en la primera ciudad en la que pudo comprobar de primera mano esa transformación tan radical. Había conocido una ciudad más humanizada, quizás más provinciana y en cierta medida cándida, mucho más amable… y ahora se había encontrado  con la trivialización de muchos de sus elementos de identidad. Recordó entonces un artículo que había leído recientemente “Bye bye Barcelona” que abordaba la problemática que estaba sufriendo la ciudad utilizando precisamente un documental contra el turismo masivo.


Continuó caminando hasta darse de bruces con un artista callejero que trataba de llamar la atención de los viandantes realizando enormes pompas de jabón. Como si se tratase de uno más de los niños que las miraban extasiados, Norte se sintió atrapado de inmediato por la hermosa iridiscencia de las burbujas de jabón brillando contra el cielo azul. A pesar de tratarse de uno más de las decenas de malabaristas, cantantes, acróbatas, estatuas vivientes y demás oficios artísticos que se repartían por toda la ciudad, Norte se dejó seducir por su etérea y efímera belleza, especialmente cuando una enorme burbuja arrastrada por la ligera brisa estalló en minúsculas partículas al contacto con su rostro,… como si de una caricia iridiscente se tratara.

Allí no había monumentos, ni iconos visuales que funcionaran como elementos de atracción para el turismo de masas y sin embargo estaba viviendo emociones acordes con su estilo de vida. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que quizás el turismo debería ser concebido como un ejercicio de convivencia urbana entre iguales.