sábado, 23 de mayo de 2015

Las islas de los Dioses


En el horizonte, flotando sobre las aguas frías y azules del Océano Atlántico, vislumbró al fin “Las islas de los Dioses” como las denominó el astrónomo, geógrafo y matemático griego Ptolomeo.

- Ahí las tienes  -le indicó Norte señalando en el horizonte el lugar donde emergían, ajenas a todo. Con la insolencia de saberse deseadas, sentidas  como las más hermosas. Desdibujadas por la bruma que las transfiguraba hasta parecer irreales, etéreas, inalcanzables para la mayoría de los mortales.

- Son mucho más hermosas de lo que me las imaginé –respondió Francesca, estremeciéndose sin saber muy bien si era a causa de la fría brisa marina o de la visión de la mole granítica del archipiélago de las Islas Cíes levantándose en medio del océano y desafiando las más elementales leyes de la física.

- ¿Te das cuenta?, parece uno de esos lugares  señalado por los dioses. Es como la expresión misma de algo sagrado que acaba transformándose en ritos, mitos y leyendas con el paso del tiempo.

A medida que la embarcación los acercaba, los detalles se fueron dibujando con más nitidez. El Faro, que coronaba la Isla del Medio, comenzó a ganar protagonismo con su zigzagueante carretera de acceso que semejaba un gigantesco petroglifo esculpido en la ladera rocosa. La playa de Rodas, de fina arena blanca, producto del cuarzo meteorizado por miles de años de trabajo lento y paciente del agua y el viento, comenzaba a anticipar sus aguas de un intenso color verde esmeralda que contrastan con el azul del lago interior. Más allá, por encima del verdor de la vegetación y de las laderas graníticas, un cielo azul que se perdía en un horizonte infinito. Y por todas partes el sonido del viento y el mar, en una sinfonía eterna que no había dejado de sonar desde el principio de los tiempos.

- ¿Te imaginas a Julio César desembarcando en esta playa? –preguntó Francesca en alusión a la leyenda que lo situó en estas islas en su persecución de los Herminios, mientras contemplaba absorta las aguas de color esmeralda e intentaba visualizar la escena del general romano caminando por aquella playa.


- Y piratas normandos y Francis Drake –le respondió Norte mientras se disponía a desembarcar-. A lo largo de la historia las islas fueron arrasadas y utilizadas por todo tipo de corsarios.

Por fin, tras un atraque suave, saltaron a tierra y comenzaron a caminar. A medida que se alejaban de la playa de Rodas el número de personas disminuyó, hasta tal punto que cuando comenzaron la ascensión se encontraban ya totalmente solos, remontando un sendero rodeado de pinos. Necesitaban ganar altura, elevarse para encontrar la perspectiva que le permitiera deleitarse con la contemplación de un paisaje único y paradisíaco. 

Finalmente la vegetación desapareció para dar paso a una senda rocosa de piedras modeladas por el viento que los llevó al Alto del Príncipe. Desde allí pudieron por fin contemplar una panorámica única. Hacia poniente, con el Océano Atlántico de fondo, los abruptos acantilados de que se elevan hasta los 100 m de altura, soportando los embates de un mar pertinaz y obstinado, empecinado en meteorizar las islas hasta hacerlas desparecer.


Y hacia el Este, al abrigo de los vientos y las corrientes marinas, las aguas tranquilas y transparentes de la playa de Rodas, el lago y la vegetación exuberante, en una antítesis con el paisaje agreste y desnudo de la cara Oeste.

- Ahora comprendo las llamaron “Las islas de Los Dioses” –afirmó Francesca antes de sentarse en la “Sillita de la Reina”. 


sábado, 9 de mayo de 2015

Una historia compartida


A medida que el avión se elevaba, el paisaje se transformó hasta convertirse en una enorme alfombra en donde los prados encajaban a la perfección en las parcelas arboladas como si se tratara de las piezas de un puzle gigantesco. De pronto las nubes algodonosas, lo ocultaron todo y, tras unos segundos inmersos en una claridad lechosa y etérea, la aeronave emergió como un enorme cetáceo sobre el océano.
  
Unos minutos más tarde el avión estabilizó su altura y Norte se acomodó en su asiento dispuesto a dejar trascurrir apaciblemente las casi dos horas de vuelo que le llevarían a su destino. Por encima, el  cielo azul intenso contrastaba con la superficie algodonosa y blanca del mar de nubes que el avión sobrevolaba y que, en cierto modo, invitaba a caminar sobre él.

Tomó la revista de la compañía aérea y la ojeó al azar en busca de un artículo que lo entretuviera un rato. Una escapada a París, unas vacaciones al sol en un país caribeño, consejos para un vuelo más confortable y, de pronto, una sección que nunca había visto. La titulaban “Tú escribes la historia…” y tras ese epígrafe una pequeña frase impresa que trataba de ser el inicio de un relato.

Norte leyó la frase primera frase sorprendido:

“¿Me permite por favor?”

Bajo ella un texto manuscrito, conformado por diferentes caligrafías, daba continuidad a la historia. Norte se esforzó para imaginar qué pondría él a continuación, pero la curiosidad le pudo más y enseguida desistió para comprobar la primera aportación que se había hecho al texto. 

Con una letra picuda alguien había escrito un párrafo bajo la primera frase:

“- Lo siento señorita, esto está repleto de gente  –le contestó él levantándose y tendiéndole la mano  para ayudarla a sortear los últimos obstáculos antes de ofrecerle un sitio justo a su lado.”

Norte, cada vez más interesado hubo de hacer un esfuerzo para entender el siguiente párrafo. Con un tipo de escritura que a Norte le pareció de médico, en las que faltaban letras y tras ciertas dudas en algunas de las palabras, logró comprender su significado.

“Dando un pequeño salto, llegó por fin junto a él.

- ¡Muchas gracias!, qué difícil ha sido acercarme hasta aquí, pero creo que ha valido la pena –agradeció ella admirando de cerca y casi sin obstáculos la monumental fuente.”

Cada vez más sorprendido, Norte continuó leyendo. Esta vez le tocaba el turno a una letra redonda y muy clara que no tuvo dificultad en entender.

“Pequeñas cascadas caían en el pilón inferior formando cortinas de agua y refrescando un poco el sofocante calor que había en la plaza.

- ¿Había venido antes? –preguntó él, fascinado por la belleza de aquella mujer.

- No, nunca había estado aquí y si no fuese por la aglomeración de gente, posiblemente me hubiese pasado desapercibida –contestó con un acento nórdico.”

El último párrafo, escrito con una bella caligrafía, clara y precisa tampoco ofrecía dificultad alguna.

“Tras unos minutos en absoluto silencio admirando la fuente, se despidió, dejando un rastro de perfume absolutamente embriagador.

- Me voy, me esperan y llego tarde.”

Norte no lo pudo resistir, así que tomó su pluma en el bolsillo interior de su chaqueta y se dispuso a escribir el final de aquella historia compartida en los dos últimos renglones libres que quedaban…

“La vio marcharse sorteando los cientos de personas sentados en las gradas en torno a La Fontana de Trevi. Y se la imaginó en medio de la fuente, como si fuese Anita Ekberg en La dolce vita gritando… ¡Marcello!, Marcello!” 



sábado, 25 de abril de 2015

Cuestión de gustos


Todavía con el sueño acumulado tras una semana de duro trabajo, caminaban a las 9 de la mañana de un gris y frío día de febrero en dirección a la puerta de Carlos V. Lo hacían con el único deseo de disfrutar de un tranquilo paseo por la histórica ciudad. A esa hora, solo los organizados y silenciosos grupos de turistas japoneses, capitaneados por expertos y eficientes compatriotas, compartían las calles con los comerciantes que perezosamente se dirigían a abrir sus negocios.

A diferencia de la mayoría de los visitantes, no pretendían hacer turismo, no querían visitar museos,… solo trataban de dejar transcurrir el tiempo perdiéndose por las intrincadas callejuelas de Toledo.  Les gustaba observar, disfrutar del ritmo de los lugares que visitaban, dejarse atrapar por el aroma y sabor de un café expreso en una terraza viendo pasar a la gente, admirar con sosiego pequeños detalles que a menudo pasan desapercibidos.

Habían rebasado la fachada lateral de un enorme edificio que se levantaba a su derecha cuando Norte se fijó en su entrada. Las hojas entreabiertas del corroído portalón de madera apenas dejaban vislumbrar lo que guardaban tras ellas. Tachonadas de gruesos y desgastados herrajes, como si se tratara de la piel fosilizada de una enorme bestia antediluviana, constituían el testimonio mudo de la historia de uno de los edificios renacentistas más bellos de España. Tanto, que Norte se sintió de inmediato atraído nada más verlas, en una especie de fascinación que invitaba a acercarse y traspasar el zaguán para sumergirse en los más de cuatro siglos de historia que sus muros habían visto transcurrir.


- ¿Qué te parece si nos acercamos un momento? –le preguntó Norte indicándole con un gesto la fachada del enorme edificio.

Francesca asintió sin mucho entusiasmo a modo de contestación y se dirigieron hacía la entrada. A esas horas de la mañana le costaba arrancar, especialmente en un lugar que ya conocía y que, por lo tanto, carecía de la novedad, del interés que despertaba lo desconocido.

Según rezaba un cartel, se trataba del Hospital de San Juan Bautista o Hospital de Afuera, construido a extramuros de la ciudad en el siglo XVI y quizás por ello el gran olvidado en un lugar donde el patrimonio artístico es tan formidable, que obliga a los turistas a tener que elegir lo que han de visitar y quizás a relegar alguno de sus monumentos para un próximo viaje.

Como hacía en muchas ocasiones, Norte se dejó llevar por su intuición y decidieron entrar. Sentía una enorme curiosidad por conocer el interior  del monumental edificio del que sólo había visto una de sus fachadas laterales decoradas con el almohadillado italiano, típico del renacimiento y la enorme cúpula octogonal que sobresalía esbelta por encima de sus altos muros, empequeñeciendo la plaza de toros que se levantaba en su parte trasera.


Traspasar el portalón les dio acceso a un enorme patio columnado atravesado por una doble arcada que conducía directamente a la Iglesia. La serenidad proporcionada por el equilibrio y belleza de la ortodoxia renacentista con la que fue construido; la soledad que disfrutaban en su interior, lejos de las multitudes de turistas que invadían la ciudad cada día, les confirmó que habían tomado una buena decisión. 

Francesca pareció despertar de su indiferencia, atraída quizás por la similitud con los patios de los palazzos renacentistas florentinos y, de inmediato, se perdió en el bosque de columnas agrandado por la galería central, que actuaba como si fuese un enorme espejo que multiplicaba las arquerías hasta el infinito.

Recorrieron con calma el patio, saboreando cada uno de sus rincones, descubriendo desde cada ángulo nuevas perspectivas hasta llegar a la puerta de acceso a la Iglesia. Allí les esperaba un edificio de grandes dimensiones, presidido por una hermosa tumba de mármol obra de Berruguete y sepulcro de su fundador el Arzobispo Cardenal Tavera.


Pero si algo le llamó la atención, a pesar de la suntuosidad del hospital-panteón que el arzobispo había mandado construir, fue uno de los altares laterales, en cuyo panel central por una enorme pintura de El Greco: El bautizo de Jesucristo.

- No me extraña que su obra no fuese entendida en su época. Fíjate en las figuras alargadas y en el universo de colores y la luminosidad que despliega en cada uno de sus cuadros. Fusionó su época bizantina con las escuelas romana y veneciana, integrándolo todo y dando como resultado un estilo único e imprimiendo una gran personalidad en toda su obra.

- Sí, son verdaderamente peculiares, aunque ya sabes que a mí el manierismo no me entusiasma -le respondió Francesca acercándose un poco más al altar para percibir con más claridad los trazos de las pinceladas.

A su derecha se abría la puerta de la sacristía y tras ella, colgando de una de sus paredes Norte reconoció uno de sus cuadros preferidos,… o tendría que decir una parte de uno de sus cuadros preferidos.

- ¡Ven! –indicó a Francesca tomándola de la mano y arrastrándola literalmente hacia la estancia– no sabía que La Sagrada Familia con Santa Ana estaba aquí.

Tan pronto estuvieron a su altura pudieron admirar una de las más bellas imágenes femeninas pintadas por el Greco.


- Fíjate en el delicado rostro de la Virgen María, su dulzura, su serenidad, la luminosidad de su rostro; nada que ver con otras pinturas de la época que tenían un sentido devocional, más del gusto de La Contrarreforma. En este lienzo la naturalidad de su rostro adquiere toda su dimensión.

- ¡Ah!, ahora entiendo porque dices que solo te gusta una parte de la pintura –le respondió ella sonriendo-. Desde luego la figura del niño no le hace honor al resto de los personajes.

- Veo que no requiere más explicaciones –le respondió Norte elevando su ceja izquierda.


sábado, 11 de abril de 2015

Primavera en Keukenhof


Tulipanes Estella Rijnveld de pétalos rizados y jaspeados de blanco y rojo,  de la variedad China Pink de color rosa chicle con sus flores sobre tallos altos y espigados, las aromáticas flores color naranja de pétalos puntiagudos del tulipán Ballerina,… solas o combinadas con los tulipanes Spring Green con sus pétalos en forma de pluma de color blanco marfil decorados con listas verdosas. 


Y de pronto, cuando parecía que la naturaleza había agotado su imaginación, cuando Norte ya no creía posible más fantasía, tras un grupo de árboles, un pequeño macizo con elegantes flores moradas de la variedad Queen of night le recordaban que esa creatividad no tenía fin. Tanto que a Norte se le hacía difícil describir con palabras la infinita paleta de colores que alfombraban los macizos de los jardines que componían el enorme complejo.

Un poco más adelante, los graciosos pétalos ahusados de intenso color amarillo limón de la variedad West Point rivalizaban con los cálices rojo caoba de los tulipanes Abu Hassan y, en medio de ambos, como queriendo apaciguar el contraste, las flores rosa pálido de los tulipanes de la variedad Angélique.


Se había acercado a Keukenhof  animado por la entusiasta recomendación del recepcionista del hotel de Ámsterdam en el que pasaba unos días. Más como una forma de matar el tiempo de un fin de semana plagado de fiestas en Holanda, que por un interés real para visitar unos jardines.  Y sin embargo ahora se alegraba de su decisión, a pesar de los miles de personas que, como él, visitaban un lugar en el que florecían más de 7 millones de bulbos florales cada primavera.


Por un momento estuvo tentado a tomar su teléfono. A realizar una llamada y contarle a Francesca lo que estaba viviendo en esos instantes. Blancos, rojos, amarillos, cremas,… con la luminosidad, el brillo y la fuerza que confiere la luz de la primavera destacaban sobre el verde rabioso de céspedes y árboles provocando una fascinación sin límites, de la que era difícil abstraerse.


Finalmente contuvo su impulso y decidió no realizar esa llamada ya que se sentía completamente incapaz de describir la armonía y la belleza de la primavera en Keukenhof.  Keukenhof era algo más que una bonita foto. En realidad Keukenhof eran sensaciones, aromas, colores… Keukenhof  se merecía vivirlo de primera mano.     

sábado, 28 de marzo de 2015

Morabezza


A medida que la tarde transcurría y el sol comenzaba su precipitada carrera para zambullirse en el Océano Atlántico, la temperatura descendía hasta alcanzar ese estado que invita a pasear, a sentir la brisa del atardecer sobre la piel después de un caluroso día. Esa sensación de relajación y bienestar que, la mayoría de las veces, no es más que un burdo plagio de la felicidad, pero que en dosis adecuadas sirve para sobrellevar nuestra, a veces, inexplicable existencia.

A esas horas de la tarde, los caboverdianos comenzaban a componer su particular final del día. Un partido de fútbol en la playa, una charla pausada en el paseo marítimo, saborear una cerveza fresca o la simple contemplación de la mole rocosa de “Monte cara”, una elevación montañosa que se levanta al nordeste de la isla que debe su nombre al perfil que presenta. 


Norte caminaba lentamente, sin prisas,  disfrutando de la refrescante brisa marina en su rostro a lo largo del paseo que bordea la playa. Atrás quedaban las preocupaciones del día, los horarios incumplidos, los retrasos injustificados, … todo indicaba que tras unos días en la isla de San Vicente había comenzado a comprender lo que significaba la “morabezza”, esa forma de ser de los caboverdianos expresada en idioma “criole”. Tranquilidad, hospitalidad, amabilidad se podrían traducir en ese eslogan más moderno y menos preciso que los habitantes de la isla emplean ahora para pedir a los turistas occidentales un poco de paciencia: ”Cabo Verde no stress”.


A pesar de los evidentes signos de abandono y  de la suciedad acumulada en algunos lugares de la ciudad, Mindelo no lo había decepcionado. Conservaba ese aire colonial que le daba un carácter propio y singular; esa mezcla de cultura africana y brasileira, herencia quizás de la época portuguesa y de la proximidad al continente africano. En fin,  ese exotismo que a los europeos nos hace soñar con aventuras en lejanos y desconocidos países.

La música que provenía de uno de los locales que daban al paseo le hizo detenerse. Hasta él llegaban los compases de una melodía fresca, natural y cautivadora que de inmediato lo invitó a entrar. Se sentó en una de las mesas libres desde la que podía disfrutar del grupo musical y pidió una cerveza “Coral”, suave y refrescante que llevaba tomando desde que había llegado. Justo en ese momento subió al escenario una hermosa joven. A pesar de su fuerte acento caboverdiano y de emplear muchos términos en "criole", Norte comprendió la práctica totalidad de su presentación pero, sobre todo,  percibió la textura aterciopelada y cálida de su voz.


Tan pronto comenzó a cantar, acompañada de su guitarra, inundó con una voz poderosa hasta el último rincón del local. Temas propios que fusionaban estilos muy próximos a la música negra americana sin huir de sus raíces e influencias musicales, sedujeron de inmediato a Norte.

- ¿Ta bon?  –le preguntó de pronto el camarero que le había servido la cerveza hacía tan solo unos instantes– ¿Gosta da música de Daisy Pinto?

- ¡Moito! –contestó Norte, que ya no se sorprendía de la afabilidad de los caboverdianos y que, sobre todo, comprendía que su gente era lo mejor de Cabo Verde.

sábado, 21 de marzo de 2015

En medio de la noche


Encendió la pequeña lámpara articulada que tenía justo en el cabezal de la cama y un frío círculo de luz azul se formó sobre la mesilla. Una noche más, el insomnio había ganado la batalla y Norte se rindió sin condiciones sabedor de que no podría vencerlo. Comprobó la hora en su teléfono móvil y suspiró. Un suspiro largo y sonoro, proporcional a las horas que faltaban para amanecer.

Se mantuvo un largo rato quieto, con los ojos muy abiertos, intentando reconocer las formas de la habitación. Una butaca de la que fue incapaz de reconocer el tapizado, una cómoda en la que destacaban los tiradores de metal de los cajones, el perfil de la enorme pantalla de la TV que presidía la estancia,… y silencio, un silencio denso y profundo que le recordaba la soledad en la que se encontraba en aquella ciudad.

Volvió a suspirar y tomó libro electrónico que descansaba sobre la mesilla. Lo encendió y de inmediato apareció en la pantalla la página donde lo había dejado unas horas antes, antes de caer en la somnolencia química que le proporcionó la pastilla que se había tomado.

Se acomodó y, poco a poco, a medida que leía fue recordando la trama. Se trataba de una novela de un autor desconocido que había bajado de internet unos días antes del viaje y que le había llamado la atención por su título:

“Abrí la pequeña bolsa de papel que contenía el libro y un pequeño marcador salió volando caprichoso, realizando acrobacias imposibles, hasta perderse bajo la mesilla. La penumbra que reinaba en la habitación me impedía ver dónde había caído así que encendí la pequeña lámpara articulada que se situaba estratégicamente en la cabecera de la cama y enfoqué su luz azul, fría e intensa, hacia el suelo.

Bajo la mesilla y pegado al zócalo, descansaba el pequeño marca páginas que la dependienta debió introducir, a modo de regalo, junto con el libro en la bolsa de papel. Creo que todavía conservo ese marcador,… seguramente entre las páginas de ese mismo libro. Se trataba de la reproducción de una sección de un cuadro de Sorolla, que reconocí al instante, con una cita de Florance Nightingale: “Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él”. Ese marcador fue el detonante de los sucesos que me ocurrieron a partir de entonces,... ¿o en realidad lo fue la dependienta al decidir añadir ese pequeño detalle a la bolsa de un cliente anónimo que la trató con amabilidad y una sonrisa, haciendo más llevadero su monótona labor diaria?,… ¿o quizás la causante fue la compañera de la dependienta que unos días antes le pidió el cambio de turno para resolver un asunto personal?,… o ¿los sucesos habrían ocurrido de igual modo aunque no hubiesen añadido ese pequeño detalle de la asociación de libreros, pensado para incitar a la lectura pero que, curiosamente, solo se le regalaba a quien compraba un libro?

Me agaché para recogerlo y fue entonces cuando me llamó la atención otro objeto. Allí encajado, escondido por la mesilla y el canapé de la cama, alojado en el pequeño resquicio que se abría entre el zócalo y la pared, se encontraba una pequeña pieza rectangular que difícilmente se podía distinguir ya que apenas sobresalía unos milímetros. Me agaché curioso, para observarlo con más detenimiento e intenté extraerlo con cuidado. Mis esfuerzos fueron en vano ya que fui incapaz de sacarlo de allí sin correr el riesgo de rasgarlo o romperlo debido a lo encajado que se encontraba.

Recordé entonces que en mi neceser tenía un pequeño cortaúñas que podría emplear a modo de pinzas. Moví el brazo articulado de la lámpara para enfocar con más precisión el objeto y me arrodillé dispuesto a extraerlo y satisfacer mi curiosidad.

Acerqué el pequeño instrumento de metal a uno de los extremos y, con mucho cuidado para no cortarlo, apreté ligeramente y arrastré lentamente, acompañándolo con pequeños movimientos de vaivén, hasta lograr moverlo unos milímetros.

En cuanto pude realizar la operación con mis dedos, tiré lentamente para comprobar sorprendido que, en realidad, el objeto se trataba de un pequeño bloc de muy pocas páginas, cuidadosamente elaborado, que contenía dibujos de pequeñas flores multicolores y textos intercalados entre ellas”. (“La mujer que miraba las estelas de los aviones”. A. Rodríguez, 2013)

Durante unos breves instantes, Norte dejó la lectura quizás confundido por el pasaje que acababa de leer y, curioso, se levantó para inspeccionar la habitación. Lamentablemente, a pesar de la búsqueda minuciosa, no encontró nada que pudiese marcar el principio de una aventura y resignado, y quizás un poco decepcionado, se acercó a la ventana. Desde allí la ciudad de Boston resplandecía en un derroche de luz propio del primer mundo, iluminando miles de historias. Historias increíbles y vidas corrientes que se entremezclaban para escribir el día a día de la ciudad.


En el horizonte las luces parpadeantes de un avión le anunciaron que nuevos actores llegaban para alimentar aquel espectáculo, así que volvió a la cama intrigado por saber que le ocurría a aquella mujer que miraba las estelas de los aviones. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Volando sobre el mar


Nada más izar la mayor el barco escoró y, una vez más, Norte revivió ese momento mágico y sorprendente en el que el ruido del viento en las velas y  la proa cortando el mar se apodera de uno. La caña del timón le transmitió la tensión del viento y del mar en un juego de fuerzas imposible que le obligó a mantener con firmeza el rumbo. Mientras, una estela de espuma blanca comenzó a formarse tras la popa del barco, destacando sobre el azul intenso que ese día mostraban las aguas cargadas de plancton de la Ría de Arousa.


A su lado, atenta a las indicaciones, Francesca disfrutaba de esa sensación única, una mezcla resultante de alcanzar un estado de comunión con la naturaleza y de libertad que se produce cuando se apagan los motores; es entonces cuando uno debe enfrentarse con sus propios medios al desafío que representa navegar contra el viento. Parapetada tras sus gafas, su cabello libraba una dura batalla contra el viento que aumentaba a medida que salían de la protección que les proporcionaba Punta Cabío. Le gustaba observarla en esos momentos en los que rebosaba felicidad por cada poro de su piel. Era cuando más hermosa la encontraba. Mientras, el sol comenzaba a precipitarse por el Oeste y la luz dorada del atardecer empezaba a inundarlo todo, también su rostro.


Norte cazó la driza de la mayor, corrigió el rumbo y, de nuevo, la escora aumentó ligeramente y percibieron que la velocidad del barco se incrementaba.

- Abre el stopper del enrollador. ¡Vamos a izar el génova! –advirtió Norte a una Francesca que reaccionó de inmediato con movimientos seguros, preparándose para los efectos que la maniobra produciría sobre la estabilidad de la embarcación.

De pronto la enorme vela se desplegó hinchándose con el viento que entraba por la amura de estribor y barco reaccionó incrementado su velocidad hasta superar los 9 nudos. Muy cerca de ellos otros veleros se deslizaban sobre el agua, surcando el mar, como si fueran enormes aves a punto de levantar el vuelo.


- ¡Caza la escota! –gritó Norte al advertir que la vela recién desplegada flameaba ligeramente mientras volvía a corregir el rumbo.

El barco comenzó entonces a navegar. Las olas aumentaban de tamaño a medida que se adentraban en el canal central de la ría haciendo cabecear la embarcación y recibiendo los espumarajos de un mar cada vez más crispado. Se trasladaron a estribor para tratar de compensar la escora; ahora frente al costado de babor,  la Illa de Arousa con el Faro de Punta Cabalo y, en el horizonte la isla Rúa primero y, más allá, la isla de Sálvora marcando el límite de la Ría; después el Océano Atlántico con toda su fuerza y belleza.