jueves, 26 de enero de 2017

Donde crecen los pinsapos…


Abrió la ventana de su cuarto y al instante una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Desde allí podía disfrutar de unas espléndidas vistas de Grazalema, con el Peñón Grande presidiendo la población y, a pesar de encontrarse en uno de los lugares más lluviosos de la Península Ibérica, todo ello enmarcado por un cielo de un intenso color azul.

Consultó su reloj de pulsera y comprobó que se le habían pegado las sábanas. Llegó  con noche cerrada después de un largo viaje en coche desde Madrid; un viaje cuya parte final había sido, sin lugar a dudas, la más dura y penosa. Una infernal carretera de montaña, repleta de curvas, lo llevó hasta aquel bonito pueblo blanco en la provincia de Cádiz, el lugar donde pasaría los próximos dos días, disfrutando de una naturaleza privilegiada.

Norte se encontraba pleno corazón del Parque Natural de Grazalema, un imponente conjunto montañoso con cimas que alcanzan los 1.500 metros de altitud, coronadas con roquedos y farallones calizos que despuntan entre los miles de verdes de la vegetación en un entorno mediterráneo muy seco. Un lugar en el que las variaciones climáticas, la complejidad geológica y las transiciones de altitud y exposición, han dado lugar a una singular composición florística en la que destaca el pinsapar, una formación vegetal dominada por el pinsapo, también llamado abeto andaluz (Abies pinsapo).

Para Norte, conocer y disfrutar de este bosque en su distribución natural, restringida a unos pocos enclaves del Sur de la Península Ibérica, era sin duda todo un privilegio del que no estaba dispuesto a renunciar. Así que se vistió lo más rápido que pudo, preparó una pequeña mochila y salió a toda velocidad, no sin antes comprobar que llevaba el permiso del servicio de conservación de la naturaleza andaluz que le autorizaba a visitar el parque.


Como era su costumbre, Norte apenas había preparado la ruta. Evitaba hacerse con información excesiva y obviaba ver las fotografías del lugar con antelación que, con seguridad, había publicadas en la red. Quería sorprenderse, deleitarse con la simple contemplación del medio natural; le fascinaba poder disfrutar de un bosque único de pinsapos del que, hasta ese momento, solo había visto ejemplares aislados en parques y jardines botánicos.

Comenzó a ascender a la Sierra del Pinar por un hermoso pero exigente sendero excavado en la roca que, como una sinuosa serpiente, salvaba los más de 300 metros de desnivel antes de llegar al Puerto de las Cumbres. Se trataba de una hermosa senda que todavía conservaba los restos de una antigua calzada empedrada que, en otros tiempos, había facilitado el trasiego de leña, carbón e incluso hielo procedente de los pozos de nieve a lomos de las esforzadas caballerías.

A medida que ganaba altura, llegaba hasta Norte la respiración jadeante de otros caminantes que avanzaban trabajosamente y que de alguna manera le indicaban el ritmo que debía imponerse, sin dejarse llevar por la euforia de una caminata recién iniciada. Quedaba un largo día por delante y unos cuantos quilómetros por recorrer, así que elevó su ceja izquierda y se detuvo unos instantes para recuperar el resuello mientras saludaba a un par de senderistas que continuaban la subida con la obstinación y la osadía propias de la juventud.
     
Sofocado y fatigado por la intensa subida de casi una hora de duración llegó por fin a lo alto del collado. Resoplando todavía por el esfuerzo, Norte bebió un trago de agua de su cantimplora mientras disfrutaba de unas hermosas vistas de Grazalema y, sobre todo se complacía al comprobar el importante desnivel que había superado para alcanzar aquel excepcional mirador.


Sin concederse mucho tiempo para el descanso, continuó por el “camino del pinar” que descendía ligeramente en dirección a la cara Norte de la sierra. El paisaje se transformó radicalmente y los pinos resineros que le habían acompañado durante toda la subida, desaparecieron para dar paso a una vegetación de matorral compuesta por espinos, endrinos y retamas que enredaban entre sus ramas los flecos de una bruma húmeda y fría que le obligó a arroparse. Aquellas eran las tierras donde reinaba el pinsapo.

Y por fin comenzó a ver ejemplares aislados. Aquí y allá, diseminados por los canchales de la ladera, despuntaban un buen número de pinsapos que crecían con su forma troncocónica tan peculiar  y un intenso color verde para, un poco más adelante, formar un bosque compacto y extenso que a Norte le recordó a un típico paisaje alpino, con sus abetos trepando por las laderas. Eran las denominadas “caídas del pinar”, el corazón del pinsapar que él pretendía atravesar. 


Se detuvo un instante, quizás un poco emocionado. Se sentía feliz porqué tenía la oportunidad de disfrutar de una formación vegetal única, un endemismo estricto de la Serranía de Ronda y una reliquia de los bosques de coníferas del terciario que llegó hasta nosotros debido quizás a su aislamiento, a que requiere unas condiciones de temperatura no muy extremas pero con elevadas precipitaciones y nieblas frecuentes y porqué, afortunadamente, las propiedades mecánicas de su madera no la hacen apta para la mayoría de los usos madereros.

Norte valoraba la singularidad de aquella formación vegetal debido no solo a lo reducido de su distribución; había algo en aquellos ejemplares que le fascinaba. Quizás la arquitectura del propio árbol  con su elegante porte piramidal o tal vez la obstinación de la especie en llegar hasta nosotros en unas condiciones límite que hacían extraordinariamente precaria su supervivencia. En suma, una singularidad biogeográfica que permite mantener un bosque de coníferas boreal en el mediterráneo, a pocos quilómetros de la costa africana.


A medida que avanzaba la densidad del pinsapar se hacía da vez mayor; atrás quedaban los ejemplares aislados  para dar paso a un bosque húmedo y sombrío conformado casi en exclusividad por las siluetas de árboles centenarios. Era la orientación Norte de la ladera, aquella que permitía zonas sombreadas con una alta humedad ambiental, quizás una de las razones que le han permitido a esta especie llegar hasta nosotros.


Finalmente, a medida que la altitud disminuía y la orientación cambiaba, el bosque volvió a abrirse de nuevo y, la densidad del pinsapar comenzó a disminuir, apareciendo encinas, alcornoques y quejigos y conformando un bosque mixto que a Norte le pareció una transición perfecta para, de nuevo, volver al mundo mediterráneo cálido y seco. Era como un puzle en lo que todo encajaba a la perfección; clima, suelo, orientación,... conformaban un todo que había mantenido intacto ese patrimonio natural único.

Ahora solo le quedaban unos quilómetros para llegar a Benamahoma, una localidad en la que descansaría antes de volver a su hotel en Grazalema. Mientras caminaba satisfecho por el hermoso paraje que había transitado, Norte no pudo dejar de admirar los impresionantes farallones calcáreos del Torreón y Pico del Águila que se elevaban a más de 1.500 metros y que servían de telón de fondo a esa especie de mundo perdido del que acababa de salir.


Llegó a Grazalema al anochecer, justo cuando la actividad de la pequeña población comenzaba a declinar, era esa hora en que la temperatura comienza a descender y  las calles se quedan desiertas; así que, a pesar del cansancio que sentía, decidió perderse por sus estrechas callejuelas  a la luz de los faroles.

Todo encajaba, nada resultaba estridente,… especialmente cuando se dio de bruces con la hermosa fuente de origen visigodo. Presidida por cuatro rostros, testigos mudos de una buena parte de la historia del pueblo; era quizás la pequeña pero hermosa contribución de los hombres al lugar donde crecen los pinsapos.

viernes, 13 de enero de 2017

Naturaleza para los sentidos


A pesar de que el buen tiempo y verdor de los campos que estaba atravesando invitaban a un plácido y agradable paseo, desde la distancia, las cumbres del  Pirineo navarro se antojaban inexpugnables, inalcanzables para un simple aficionado al senderismo y al turismo de naturaleza como él. Cubiertas de nieve destacaban sobre el horizonte, aumentando su escepticismo a medida que se acercaba. No en vano, Norte no dejaba de pensar en el juego de cadenas para los neumáticos que había dejado en el garaje y en los constantes avisos de puertos cerrados por la nieve que machaconamente repetían por la radio los servicios informativos. 

Desde donde él se encontraba se podía intuir la enorme depresión que ocultaba a los valles de El Roncal y Belagua antes de que, de nuevo, la cordillera pirenaica se elevara hasta alcanzar los 1.800 metros del Col de la Pierre de Saint Martin, un puerto cargado de historia, escoltado por cumbres emblemáticas como la Mesa de los Tres Reyes o el Pic d´Anie... que rondaban los 2.500 metros de altitud. 


Y, de pronto, su perspectiva cambió de nuevo. Transitaba por el alto de Laza y los pastos dieron paso a extensos bosques de pino silvestre, abetos, hayas, quejigos y un sinfín de especies arbóreas que en otoño interpretaban una hermosa sinfonía de colores y que en ese momento, durante el invierno, mostraban una armonía más suave, menos contrastada, pero igualmente bella.

Hacía ya muchos años de aquel descubrimiento maravilloso. Los Pirineos navarros habían sido su primer contacto con la alta montaña y es que para Norte, volver allí, reproducir muchos de sus recuerdos, produjo en él  sentimientos encontrados y, como ya le había ocurrido en otras ocasiones, sonrió al pensar que la única forma de disfrutar de los recuerdos es haberlos vivido.

Redujo la velocidad de su automóvil para disfrutar más, si eso fuera posible, del soberbio paisaje que recorría a medida que se adentraba más y más en el corazón de la cordillera pirenaica, intentando recordar las más conocidas hipótesis sobre su etimología. De todas ellas, la que más le gustaba era la que relacionaba el origen mitológico de la cadena montañosa con Pirene, hija de Atlas, a quién Hércules enterró, acumulando enormes piedras para sellar su tumba,… y Norte elevó su ceja izquierda en un gesto muy característico a la vez que sonreía ligeramente, mientras pensaba que nadie despreciaría un mausoleo de esas características.


Volver a sentir intensamente, recrearse en los recuerdos, era para Norte una forma de sosiego, de serenar su estado de ánimo, así que cuando llegó al valle de Belagua, esa sensación de bienestar aumentó si cabe, todavía más. Una gama de verdes increíbles se extendía como una alfombra, tapizando cada rincón de aquel bello lugar modelado por los hielos glaciares que por allí se deslizaron hacía millones de años. Desde los verdes más claros de los pastos hasta los verdes oscuros, casi obscenos, de los abetos, salpicados de pequeños rebaños de ovejas lachas pastando apaciblemente y, entre medias, las ramas desnudas de hayas, quejigos, avellanos y tilos, aportaban ese sutil contraste que rompía la monotonía verdosa que dominaba el paisaje.

Casi sin tiempo de disfrutar de las hermosas vistas, la carretera se empinaba de nuevo para ascender hasta la Reserva Natural de Larra; un extraordinario macizo kárstico que se elevaba hasta los 2500 metros, cuajado de dolinas y simas. A medida que ganaba altura, la nieve cubría con un manto cada vez más grueso las rocas calizas, dejando solo a la vista algunos ejemplares de pino negro y de enebro, que obstinadamente se empecinaban en crecer allí donde ningún otro árbol lo haría.


Se detuvo para admirar los increíbles ejemplares de pino negro que, con seguridad, contaban con varios cientos de años viviendo en aquellas duras condiciones climáticas y edáficas. Se imaginó los avatares que habrían sufrido desde que una semilla germinó en una brizna de tierra.


Para Norte era uno de esos lugares donde la naturaleza se siente,… donde uno puede verla, oírla, olerla, tocarla y saborearla. Era naturaleza para los sentidos.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El Baile de Norte 2016

Doce meses, cuatro estaciones repletos de viajes y de sensaciones...


Feliz 2017!



jueves, 22 de diciembre de 2016

El dedo de Dios


Comprobó inquieto su reloj de pulsera para confirmar por enésima vez que la hora que le marcaba el reloj del coche coincidía e instintivamente, aceleró. Por sus cálculos apenas le faltaban más de cinco minutos para llegar a su destino y, no obstante, en su rostro se reflejaba cierta tensión. Hacía ya un buen rato que había amanecido y, desde entonces, la duda de si llegaría a tiempo se hizo más y más evidente.

Todo había comenzado un año antes, visitando Santa Marta de Tera, en Camarzana de Tera (Zamora), una bella iglesia románica construida a finales del siglo XI, único resto que llegó hasta nosotros de un primitivo monasterio mandado construir por Alfonso VI.

Nada más verla, Norte quedó prendado del conjunto de molduras taqueadas, que recorrían sus muros, en una rítmica y sutil sucesión de arcos, contrafuertes y capiteles que hacen de Santa Marta de Tera un bello ejemplo del románico.   


Recordaba cuando en su primera visita se encontró, en su portada Sur, con una hermosa imagen pétrea, quizás la más antigua, de Santiago peregrino. Nada más verlo, lo reconoció de inmediato. Aunque con una expresión un poco feroz, quizás por sus enormes pupilas excavadas y una boca que dejaba ver sus dientes, la imagen muestra un tratamiento magistral de la barba aguedejada y del morral con la concha de Santiago.


Por fin, un enorme letrero en la autopista, le informó de la próxima salida a Camarzana de Tera. De un rápido vistazo al reloj del coche comprobó la hora y redujo la velocidad  y se incorporó a la carretera local que lo llevaría, en apenas un par de minutos, directamente a la amplia explanada que había frente a la Iglesia.

«Ni automóviles ni peregrinos», pensó Norte sorprendido al no ver a nadie en las inmediaciones, lo que le hizo sospechar que había llegado demasiado tarde.

Mientras se ponía una chaqueta de abrigo y tomaba su cámara de fotos del maletero, dio un rápido vistazo a la cabecera de la iglesia, pero desgraciadamente desde donde él se encontraba no era posible comprobar su sospecha; así que, a la carrerilla, se dirigió hacia el palacio renacentista construido a mediados del siglo XVI como residencia de los obispos de Astorga y que ahora ejercía de museo jacobeo y de entrada a la iglesia románica.


- ¡Celes!,… ¡Celes!,…  -gritó Norte, empujando ligeramente la puerta entreabierta.

Celes, la amable cuidadora del templo, era la persona que unos meses antes le había informado sobre el fenómeno que ocurría en aquel lugar cada año durante los equinoccios de primavera y de otoño y, tras esperar unos instantes, se dirigió a paso rápido hacia la portada occidental situada a los pies de la iglesia.

Y de pronto se paró en seco. Desde donde él se encontraba divisó como un hermoso rayo de luz penetraba a través de un pequeño óculo situado en la cabecera de la iglesia, y comenzaba a iluminar el “Capitel del Alma salvada”.


Todavía asombrado por la oportunidad del momento en el que había llegado, Norte se acercó despacio. Las pequeñas partículas de polvo, provistas de vida propia, se movían a lo largo del intenso del haz de luz, como queriendo señalar el camino hacia el hermoso capitel historiado que en ese momento comenzaba a estar completamente iluminado.

Se quedó allí, inmóvil y en el silencio más absoluto, imaginando como una pequeña comunidad en el siglo XI viviría el milagro de la luz; para ellos, seguramente  expresión máxima de la divinidad. Era como si el dedo de Dios les enseñara desde el cielo y les indicara el camino a seguir.

Y todo ello gracias a la maestría de unos hombres que, con herramientas rudimentarias y con cálculos básicos hubieron de tener en cuenta desde la orientación del ábside hasta la altura del capitel, pasando por la situación del óculo o la incidencia de los rayos del sol en los equinoccios de primavera y otoño.

«Un hermoso nombre para una bellísima obra» -pensó Norte al observar con detenimiento el “Capitel del Alma salvada”, posiblemente una representación alegórica de un alma que asciende a los cielos, en ese momento ya completamente iluminado. 


Y es que todo el universo del hombre en la época medieval se movía en torno a Dios y los templos estaban en armonía con las estaciones del año. La manifestación del espíritu de Dios se manifestaba también con la cuidada planificación de la construcción de las iglesias. La orientación de los ábsides hacia el Este permite que los rayos de sol del amanecer penetren por los ventanales de los ábsides,.. es la representación de la resurrección de Cristo.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre el abismo, mejor volar que andar


A medida que su vehículo ascendía por la carretera que serpenteaba a través de los campos nevados, Norte comprendió que había sido un acierto acercarse a San Leo; un pequeño burgo medieval que le habían recomendado visitar en la Emilia Romagna.

Desde la distancia el imponente peñasco rocoso, iluminado por la fría luz de invierno, acentuaba todavía más los muros de la inexpugnable fortaleza que se elevaban en un equilibrio imposible sobre el abismo a más de 500 metros de altitud, dominando el valle del Marecchia, un territorio preñado de acontecimientos históricos que harían enmudecer a la mismísima Rímini.


Nada más atravesar el arco de entrada al burgo, Norte se dio de bruces con una hermosa localidad digna de ser uno de los “borghi piu' belli d'Italia”. Tal como le había adelantado Marchelo, el locuaz recepcionista que le había informado en su hotel de Rímini, la pintoresca comuna, aparte de su calles de trazado medieval, contaba con la Rocca, una impresionante fortaleza, la Catedral, una Iglesia parroquial (pieve) y algunos palacios renacentistas como el Palacio Mediceo, residencia de los Condes Severini-Nardini  o el Palacio Della Rovere. 


Aparcó su automóvil en la plaza presidida por uno de los monumentos más emblemáticos de San Leo. En ese instante, los últimos rayos de sol incidían sobre la fortaleza que la familia Montefeltro mandó reformar en el siglo XV, transformándola en uno de los edificios militares renacentistas más hermosos de toda Italia, y que por conquistarla lucharon Malatesta o César Borgia.

Localizada en lo más alto de una colina rocosa, en 1631 se transformó en prisión hasta principios del siglo XX y fue famosa precisamente porque en ella, Giuseppe Balsamo más conocido como el Conde de Cagliostro, fue encarcelado por la Inquisición hasta su muerte por herejía. Cortesano en las cortes de Luis XV y Luis XVI de Francia este carismático, tramposo y bohemio personaje que tenía fama de alquimista,  rivalizó con Casanova en sus conquistas, con quien dicen competía, y también se le consideraba un sanador de enfermedades incurables además de su capacidad para hacerse invisible.


Caminó por las calles desiertas, disfrutando del bello atardecer que aquel día invernal le había regalado, hasta dar con la Catedral, un admirable ejemplo de templo románico-lombardo y una de las más bellas iglesias románicas que se conservan en Italia.


Junto a ella, una alta torre-campanario de origen bizantino, era el único resto que, junto con el Duomo, permanecía de la antigua ciudad sacra que allá por el siglo XII estaba conformado además por el Palacio Episcopal, la residencia de los Canónicos y posiblemente el Baptisterio.


A pesar del frío intenso, volvió sobre sus pasos,  para admirar la pieve de Nuestra Señora de la Asunción, la iglesia más antigua de San Leo y de toda la región; en ella se daba esa bella fusión entre arte, historia y leyenda que tanto entusiasmaba a Norte.


Porqué según la tradición, Leone, un cortador de piedra de origen dálmata que trabajó en Rímini, fue el constructor de la Iglesia y fundador de la comunidad de San Leo, favoreciendo la difusión del cristianismo por la región que concluiría con la creación de la diócesis de Moltefeltro y  él su primer obispo.


Y es que lo que realmente le despertó el interés a Norte fueron la historia y las leyendas que rodean este lugar y que, a lo largo de la historia, se vieron enriquecidas por visitantes ilustres como San Francisco de Asís o la mención expresa al lugar que aparece una de las obras maestras de la literatura italiana. Porque Dante Alighieri cita este a este lugar en uno de sus versos del cuarto canto de La Divina Comedia: “Cuando vayas a San Leo, mejor vuela que no andes”… posiblemente en referencia a la situación privilegiada que desde lo alto del Mons Feretrius tiene San Leo.


martes, 22 de noviembre de 2016

Por un pedazo de mar


Juan Francisco Cornejo, era sin duda una persona sencilla y honesta, que destilaba bondad por cada uno de los poros de su piel y Norte se había dado cuenta de ello nada más comenzar a charlar con él. Las arrugas de su rostro no eran más que una muestra de la callada y continuada labor que el sol y el salitre habían obrado pacientemente en su piel durante más de cuarenta años como pescador artesanal en las costas de El Salvador, y esas eran unas condecoraciones difíciles de igualar. Pero su aspecto de viejo lobo de mar, de marino experimentado, no fue lo que llamó la atención de Norte. Lo que realmente le fascinó fue su forma de hablar. La humildad con la expresaba sus opiniones contrastaba con el enorme conocimiento que tenía de las cosas de las que hablaba.

Lo había conocido de casualidad cuando Norte se entretenía observando el ajetreo que en ese momento se vivía en el Puerto de la Libertad con la llegada de las embarcaciones pesqueras. Una curiosa mezcla de pescadores artesanales, vendedoras y turistas conformaban una colorida amalgama de gente que se movía desordenadamente entre cajas de pescado y embarcaciones  a lo largo del muelle que se adentraba como una flecha en el Océano Pacífico.

- Cada día es más pequeño –exclamó de pronto el viejo pescador a la vez que en su rostro se dibujaba un gesto de resignación que ponía en evidencia todavía más las arrugas de su rostro.

Norte esperó pacientemente sin decir nada, observando los minúsculos pescados que se amontonaban en el interior de la embarcación, a sabiendas de que Juan Francisco Cornejo continuaría con su reflexión.

- Los barcos camaroneros cada vez faenan más cerca de la costa y se lo llevan todo, incluidos los ejemplares inmaduros de especies que para ellos no tienen valor –continuó, señalando a un enorme barco que se veía arrastrando no muy lejos de la costa–. Dicen que solo aprovechan una décima parte de lo que pescan, pero yo creo que es mucho menos.


Norte miró hacia donde le indicaba y comprobó que, a menos de 3 millas, un barco de pesca arrastrero faenaba en busca del preciado camarón y recordó la noticia que había leído en la prensa salvadoreña sobre la petición de los pescadores al parlamento nacional para crear una zona de cinco millas a lo largo de la costa para uso exclusivo de los pescadores artesanales.

A medida que las pequeñas embarcaciones iban regresando a puerto y eran izadas al malecón, la actividad aumentaba. Aquí y allá pequeños corros de gente se formaban en torno a las embarcaciones y sus capturas. Era el momento decisivo, cuando los compradores les ponen precio a la pesca del día; un precio que la mayoría de las veces no alcanza para pagarles el esfuerzo, los gastos ni el valor invertidos pero que sirve para seguir engañándose un poco más y continuar a la espera de ese golpe de suerte que casi nunca llega.


- ¿Y usted cree que si su parlamento acuerda modificar la Ley de Pesca y se delimita el área para los pescadores artesanales se podrá revertir la situación? –preguntó por fin Norte, tras un largo silencio de ambos.

- Desconozco si usted lo sabe joven… –contestó mirando a Norte con escepticismo mientras comenzaba a caminar e indicaba a que lo siguiera– pero la mar, ¡la mar… es hembra!

Lo dijo, con énfasis, muy despacio y, sobre todo convencido. Con la sabiduría del tiempo trascurrido a sus espaldas, con la experiencia de un veterano pescador, pero también con el convencimiento de estar en posesión de la verdad absoluta.

- Fíjese en toda esa gente que consigue un sustento gracias a la mar –continuó cuando llegaron a la zona donde los compradores limpiaban parte del pescado con la ayuda, más voluntariosa que práctica, de algunos niños–. Así es y así será en el futuro. Y es que a pesar de la pobreza y de la marginación, los pobres de El Salvador se inventan día a día como salir de esa rueda infernal llenos de esperanza y con una sonrisa en los labios;… y la mar, con sus frutos, mantiene viva esa ilusión.


- Fíjese –continuó tras un breve saludo a los operadores que realizaban la limpieza de las macarelas para convertirlas en pescado seco- que la mayoría de la gente hace este tipo de cosas hasta que crecen lo suficiente y reúnen el valor para irse para los Yunaís (emigrar a Estados Unidos). Es la única esperanza para muchos de ellos.

- Y usted, ¿por qué no lo hizo?  –preguntó entonces Norte, justo antes de entrar en un toldado bajo el cual varias pescaderas charlaban animadamente mientras espantaban cansinamente las moscas que se posaban sobre el género que ofrecían a la venta: langostas, cangrejos, jaibas, pescados boca colorada, calamares, conchas, camarones, almejas y un sinfín de especies que ningún europeo en su sano juicio se atrevería a comer.

- Cuando era joven  –continuó tras unos segundos de espera- no andaba en la jugada y ahora, fíjese, estoy para colgar los tenis.


Norte sonrió en cuanto logró comprender lo que Juan Francisco Cornejo le había querido decir en aquel lenguaje propio de los salvadoreños de a pie y comprendió que, quizás luchar por ese pedazo de mar era la última oportunidad de aquellos pescadores, ese golpe de suerte que esperaban para cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Y de pronto se dieron de bruces con un destartalado edificio que servía para guarnecer a las pequeñas embarcaciones mientras esperaban la jornada de pesca. A su alrededor una pléyade de vendedores ambulantes se habían apropiado del espacio, metro a metro, ofreciendo sus productos a los salvadoreños que llegaban de la capital para pasar un día de asueto al borde del mar, comer un cóctel de camarones y volver al final del día con la sensación de haber disfrutado de un día en un lugar pintoresco, olvidando las preocupaciones por unas horas.


- ¿Qué le parece si nos tomamos unos camarones empanizados?, ¡lo invito! –propuso de pronto Norte en un último y desesperado intento de retenerlo un poco más, cuando comprendió que el viejo pescador ponía rumbo hacia la salida del puerto.

Juan Francisco Cornejo se detuvo y lo observó en silencio durante unos instantes antes de despedirse definitivamente. Sus cansados ojos, castigados por el sol tropical, contrastaban con el blanco de la gorra del Real Madrid.

- Le agradezco su invitación, es ya un poco tarde y tengo que partir. Pero si se va quedar un rato más y quiere entender todo esto, mírele a los ojos a la gente. En el brillo de su mirada apreciará la fuerza que les impulsa a seguir adelante comprenderá porqué cada día se empeñan en salir al mar.

Lo vio partir, caminando lentamente, mientras a su alrededor, los vendedores de “Minutas” ofrecían a los viandantes esas pequeñas delicias hechas de hielo raspado y rociado con jarabe de frutas de intensos colores que se desvanecían con el calor del Pacífico tan rápido como los sueños de los pescadores artesanales de El Salvador.


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El viejo bereber 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Existe un lugar, al borde del abismo…


«Existe un lugar en el que los ríos discurren por profundas gargantas creadas por la ira de diosas iracundas y celosas,… porqué según cuenta una leyenda, Júpiter se enamoró de esa tierra y la poseyó atravesándola con el río Miño. Su esposa Juno, furiosa le infligió profundas heridas en un intento de afearla, creando, quizás sin proponérselo, un hermoso lugar único y mágico… ». Norte sonrió al pensar que si tuviera que escribir un relato sobre la Ribeira Sacra quizás lo comenzaría con esa bella leyenda.

Y es que, en ese momento, descendía por un duro, pero hermoso sendero que de cuando en vez, allí donde la frondosidad del bosque le daba un pequeño respiro, se asomaba al borde mismo del abismo. A unos cientos de metros más abajo, el río discurría lento y parsimonioso, adaptándose a las profundas cicatrices dejadas por la ira de la reina del Olimpo. Un paisaje único en el que las fragas de robles, castaños, encinas y abedules trepan por las escarpadas laderas, compitiendo por cada brizna de tierra en la que crecer y tiñendo el otoño con los tonos amarillentos y rojizos de sus hojas.


Un camino cuajado de piedras que atesoran los sueños y los anhelos de los que allí vivieron. Apenas unas piedras que, en un equilibrio precario al borde del abismo, son los postreros vestigios de los sueños de sus últimos moradores. Piedras que guardan miles de secretos escritos en sus caras desgastadas por el paso del tiempo. Piedras decoradas por los líquenes y musgos, cómplices imperturbables de la memoria de los pueblos. Piedras que retienen el tiempo en un viaje al pasado, a la historia y a las tradiciones.


Un camino que atraviesa viñedos imposibles. Viñedos colgados al borde del abismo que destilan olor a mencía, a merenzao, a brancellao, a sousón, a caiño tinto y a tantas otras variedades con matices y aromas únicos y que constituyen una de las señas de identidad de esta tierra. Levantados piedra sobre piedra, robándole la horizontalidad a laderas con pendientes increíbles, las terrazas con cepas centenarias trepan por las paredes del cañón desafiando la gravedad y dándole a la Ribeira Sacra la pincelada humana a un territorio agreste y verdaderamente hermoso con una naturaleza que no suele facilitar las cosas.


Un lugar en donde los conventos se ocultan en bosques centenarios, colgados al borde del abismo y confiriéndole a la Ribeira Sacra una enorme belleza espiritual y artística; un entorno espectacular que una y otra vez sorprende al viajero. Unas tierras refugio de eremitas que más tarde se convirtieron en pequeñas comunidades que dieron lugar a numerosos cenobios, un legado que enriquece si cabe todavía más estas tierras, dando como resultado una de las concentraciones de conventos más alta de toda Europa.

Y de pronto, Norte se detuvo. A unos metros el campanario de Santa Cristina de Ribas de Sil despuntando por encima del mar de hojas y erigiéndose al borde del abismo, le indicaba que había llegado a su destino. Durante un buen rato permaneció allí, quieto, escuchando el silencio atronador que todo lo envolvía, en perfecta comunión con la naturaleza y comprendió porqué la Ribeira Sacra había sido elegido como lugar de aislamiento y oración.   


Continuó descendiendo hasta darse de bruces con Santa Cristina, un lugar mágico que, como toda la Ribeira Sacra, está plagado de leyendas. Un espacio lleno de singularidades que lo hace único y que es necesario preservar.


Un extraordinario legado arquitectónico situado en un enclave arrebatadoramente bello que nos transporta al austero mundo de los cirtercienses, en una suerte de conjunción mágica entre la naturaleza y la mano del hombre.