"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

sábado, 31 de octubre de 2015

Una fascinación que incita a soñar


Caminó sigilosamente, casi de puntillas, procurando no romper la atmósfera sorprendente, casi mágica, que se encontró nada más perderse en el bosque de columnas de mármol, jaspe y granito en las que, como un denso follaje, se asentaban cientos de arcos de herradura bicolores.

En unos instantes, Norte relegó a un segundo término toda la información que sobre la mezquita tenía, e intentó dejar su mente en blanco y que las sensaciones fluyeran. Había sido el primero en entrar esa mañana cuando, ni siquiera los bien organizados grupos de asiáticos, habían tomado por asalto aquel bello lugar. Y, de pronto, las etapas constructivas dejaron de tener importancia y Abderramán, Hisham o Al-Hakan pasaron, de ser los responsables de las sucesivas ampliaciones, a convertirse en elementos inmateriales enraizados en la esencia misma del edificio.

Desde el lugar donde él se encontraba, la perspectiva cartesiana de la construcción se difuminaba, humanizándose quizás por el reciclado de cientos de columnas y capiteles, con una maestría y simplicidad que le pareció que rayaban la perfección.


Continuó caminando, tratando de aprovechar al máximo aquellos instantes en los que se encontraba prácticamente solo en la aljama cordobesa hasta que, como si se tratase de un faro en la niebla destacando sobre la armoniosa y cadenciosa sencillez del entramado de columnas, Norte descubrió el mirhab, produciéndole una fascinación que de inmediato le incitó a soñar y que, de alguna manera, le ayudó a soslayar las oscuridades del alma.


Y cubriendo este espacio la cúpula califal, divinamente terrenal en honor de Alah.


sábado, 17 de octubre de 2015

El sueño incumplido


Mientras esperaba a que Cecilio volviese a recogerlo, Norte caminaba por la angosta y serpenteante carretera disfrutando del paisaje volcánico y apocalíptico de las montañas que comprimían las escasas, pero fértiles tierras del Valle de Paúl en la isla de Santo Antao en el archipiélago de Cabo Verde.

En las cumbres, la niebla se deshacía en girones ocultando el azul del cielo y la vegetación exuberante y profusa tapizaba las laderas casi verticales de las montañas, proporcionando un hermoso telón de fondo a la caña de azúcar que florecía en los exiguos retazos de parcelas agrícolas, en terrazas que los caboverdianos habían logrado levantar en una lucha inmisericorde e inquebrantable contra la ley de la gravedad.


Al borde mismo de los cauces de los torrentes, un puñado de casas construidas con piedra volcánica y cubiertas por la paja seca de la caña de azúcar que crecía a su alrededor daban una pincelada humana a aquel lugar donde la naturaleza desbordaba con una exuberancia de la que solo ella era capaz de mostrar.


Al fondo, sentado sobre el muro de piedra que delimitaba la ondulante carretera, Norte descubrió por fin el elemento humano, el componente que le faltaba para conformar la escena de una comunidad rural dedicada a la agricultura.

Cuando el todoterreno de Cecilio se detuvo a su lado para recogerlo, Norte se encontró con el rostro sereno de su guía observándolo a través de la ventanilla del automóvil. Su carácter afable y hospitalario hizo que enseguida se estableciese entre ambos un clima de cordialidad y confianza.

- Conoces a ese hombre que está sentado ahí delante –preguntó Norte nada acomodarse en el asiento delantero.

- No, no lo conozco –respondió Cecilio tras unos instantes de observación- con toda seguridad se trata de un agricultor de la zona que está pasando el tiempo. Mucha gente de estos lugares siente, como dice el poeta Jorge Barbosa, una “nostalgia resignada de países lejanos


- ¿A qué te refieres?  

- La vida aquí es extremadamente dura –continuó Cecilio en una especie de monólogo reflexivo al que Norte ya se había acostumbrado- y la mayoría de los caboverdianos piensan obsesivamente en emigrar. Todos tienen algún familiar que vive en países lejanos y en ellos tienen depositadas todas sus esperanzas.

Nada más decir estas palabras, Norte rememoró a alguno de los compatriotas de Cecilio que había llegado a conocer. Sonrió al recordar al taxista que lo había llevado al aeropuerto en Boston, o a la extensa comunidad de caboverdianos que vivía en Burela, una localidad de Galicia.

- Pero para otros muchos –continuó Cecilio tras una pequeña pausa- esta añoranza se transforma en un sueño incumplido. La falta de dinero para iniciar una nueva vida o simplemente de carecer de la valentía para hacer las maletas y emigrar se transforma en un muro infranqueable más difícil de saltar que el océano que nos rodea.

sábado, 3 de octubre de 2015

Nostalgia


Llevaba casi media hora sentado a los pies de la estatua ecuestre de D. José I admirando el espectáculo que le proporcionaba la visión del estuario del río Tajo al amanecer. A esas horas apenas unos pocos lisboetas cruzaban con paso apresurado, la Plaza del Comercio para dirigirse a sus trabajos.

Había decidido levantarse temprano para disfrutar de Lisboa antes de que, el todavía ardiente sol de septiembre, comenzase a abrasar las calles en un día más de calor que se anunciaba. A intervalos, una brisa fresca y refrescante le llegaba desde el mar haciéndolo olvidar las calurosas jornadas que estaba viviendo desde que había llegado a aquella ciudad. 
     
Al fondo, apenas difuminada por una delicada y casi imperceptible bruma, Norte observaba fascinado una escena en la que había reparado ya hacía algunos minutos. Frente a él, enmarcado por las escaleras y las dos columnas de mármol, justo en el lugar por donde antaño los embajadores y la realeza hacían su entrada en la ciudad, un hombre observaba con nostalgia hacía las aguas del estuario. A pesar de encontrarse de espaldas a él, Norte no se pudo resistir a imaginar las circunstancias personales que podrían rodear a aquel hombre.

Quizás sentía nostalgia de su tierra, de su hogar o de sus seres queridos, quizás trataba de visualizar los amaneceres  del lugar donde nació. Norte sabía por experiencia que esos sentimientos solían ser poco realistas, un anhelo idealizado. Aun así, se recreaba con demasiada frecuencia en emociones pasadas, rememorándolas una y otra vez.


Y, de pronto, como una pompa de jabón que estalla desvaneciéndose repentinamente en el aire, la magia desapareció. Un rosario de corredores, modernos penitentes del culto al cuerpo, comenzaron a pasar a intervalos y aquel lugar, especial y sorprendente hasta ese momento, se convirtió solo en uno más de los hermosos rincones de Lisboa.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los cabos del viento


Una extraña sensación le embargó cuando, nada más abrir la puerta de su automóvil, el viento húmedo y poderoso lo sacudió, obligándole a realizar un sobresfuerzo para mantenerse en pie. Desde lo más alto de Estaca de Bares, Norte trató inútilmente de distinguir la frontera, la separación entre el fiero océano y el bravo mar, allí  donde el Mar Cantábrico se diluye hasta desaparecer totalmente en la inmensidad del Océano Atlántico. Y sonrió, y lo hizo con ese gesto imperceptible, casi de niño, quizás el último vestigio de una infancia de la que lo separaban ya demasiados años. Tantos, que ya era incapaz de recordar muchas de las historias que le habían contado sobre aquel lugar.

Como telón de fondo,  el rectilíneo horizonte. Límite entre el mar y el cielo y escenario de mil naufragios, en ese momento decorado por las nubes modeladas caprichosamente por el viento y que  a él le parecieron los lamentos de los que allí perdieron la vida.  

Se dejó estar allí un buen rato, recordando la historia del último de los supervivientes del naufragio de uno de los muchos submarinos alemanes abatidos en la segunda guerra mundial por los aliados. No estaba seguro si se la había contado alguna vez, pero no dudaba que Francesca se hubiese emocionado al oír el final, triste y doloroso, del último marino vivo cuando contempló por última vez aquel mar, antes de marcharse a morir de cáncer a su pueblo natal.


Porque Francesca adoraba el mar, ese mar que él ahora contemplaba unos quilómetros más al sur, desde Cabo Ortegal. Porque allí el viento se alía con el perfil recortado de la costa gallega y con el rugir contante del mar en un vano intento de meteorizar la formación rocosa más antigua de la Península Ibérica. Unas anfibolitas ricas en hierro y magnesio formadas en el fondo del mar hace más de mil millones de años y que quizás sean las culpables de esa obsesión de los gallegos por surcar todos los mares del mundo.

Cuando por fin llegó a Vixía Herbeira, en San Andrés de Teixido, Norte se estremeció a pesar de las muchas veces que había estado en aquella atalaya natural a más de seiscientos metros de altura sobre el mar. Allí arriba el viento azotaba incansablemente los acantilados, recordándole la fragilidad humana. Y se entristeció al imaginar a Francesca asaeteándolo a preguntas,… y sonrió al verse incapaz de explicarle que: “A San Andrés de Teixido vai demorto quen non foi de vivo” (A San Andrés de Teixido va de muerto quién no fue de vivo),… 


Finalmente, cuando la luz crepuscular del ocaso comenzaba a iluminar el horizonte, Norte llegó a Punta Frouxeira. Desde allí, sentado en el mismo borde del acantilado, con el viento azotándole el rostro, deseó que Francesca estuviese a su lado, después de haber recorrido juntos ese pequeño tramo de la costa gallega...



sábado, 22 de agosto de 2015

El silencio rojizo


La coloración de las piedras con las que estaban construidas sus casas apenas se diferenciaba del color de la tierra sobre la que se levantaban. Sobre la ladera, como excrecencias de la madre tierra, amparándose las unas a las otras y resguardadas tras los muros medievales que las rodeaban, un manojo de casas daba cobijo a un puñado de almas que se empecinaba en perderse en el tiempo.

Desde donde él se encontraba podía divisar un amplio tramo de muralla que rodea Albarracín desde el siglo XIV. Y recordó su infancia, cuando dibujaba castillos. Sonrió levemente al visualizar mentalmente aquellas cuartillas repletas de trazos. Al principio eran castillos sencillos, con apenas un par de torres de defensa y una gran puerta de entrada, que flotaban como suspendidos en medio de la hoja del papel. Después, a medida que fue perfeccionando su técnica, los pequeños castillos fueron dando paso a poderosas fortalezas llenas de torreones y almenas. Finalmente, alrededor de las murallas, comenzó a dibujar casas que a su vez volvía a rodear de murallas.


No dibujaba al azar,… ni siquiera por sentido estético. Cada trozo de lienzo de la muralla, cada torreón respondía a una necesidad militar discurrida en su mente infantil; cada puerta o casa que añadía a aquel conglomerado que crecía abigarrado sobre el papel, revelaba la necesidad de dar respuesta a una historia que él mismo fantaseaba a cada trazo añadido al dibujo.

No sabía de quién había heredado esa cualidad. El color de sus ojos, la tonalidad de la piel, su constitución corporal,… hasta muchos de sus gestos; todo tenía una explicación genética. Su abuelo por parte materna, su abuela por parte paterna, una tía que nunca había llegado a conocer,… eran la imagen especular de muchas de sus características morfológicas. Pero aquella habilidad para dibujar, no sabía de donde le venía y respondía sin duda a un antojo de sus cromosomas ya que él recordara, nadie en su familia había sido favorecido con esa cualidad.

Se acodó en un pequeño muro, abrió la libreta de apuntes que siempre llevaba con él y el lápiz comenzó a deslizarse sobre el papel amarillento. Poco a poco los trazos, aparentemente desordenados, fueron delimitando casas, calles, … hasta conformar un sencillo apunte de un pedacito de Albarracín. En cierta medida le recordaba al proceso de revelado químico de una fotografía,… las imágenes iban conformándose en un proceso que a él siempre le pareció que tenía mucho de mágico.


Dio los últimos retoques, difuminó algunas zonas y, satisfecho, guardó su libreta de apuntes para continuar su paseo por las empinadas cuestas, escalinatas imposibles y pequeños ensanchamientos de las calles que, en Albarracín, reciben el nombre de plazas. Un conjunto sereno de yeso rojizo, de madera ajada por el sol y por el viento, de forja herrumbrosa y tejas terrosas que descienden por la ladera.


A medida que ascendía, Norte fue dejando atrás la protección de las casas y la soledad y el silencio que le había acompañado hasta entonces, fue sustituido por el viento frio y seco de la sierra. Ese viento que durante milenios modeló el paisaje hasta transformarlo en una  hermosa postal. Una vista fascinante con sonido propio, el silencio rojizo que todo lo invade en Albarracín,



domingo, 16 de agosto de 2015

El silencio de las piedras


- Déjeme aquí por favor –pidió Norte en cuanto avistó el ruinoso cartel de entrada al parque flanqueando la pista de tierra que le había permitido llegar cómodamente desde la pequeña localidad de Santa Elena, en la Isla Flores, hasta el corazón de la ciudad maya de Tikal.

Tras acordar con el afable taxista la hora a la que lo recogería, Norte se despidió y esperó a que la furgoneta se alejara, difuminándose lentamente entre la tenue bruma que lo envolvía todo y que comenzaba a desvanecerse a medida que amanecía.


Un silencio  atronador, lo envolvió tan pronto  el ruido del motor  dejó de oírse. Y, de pronto, la vegetación exuberante y opresiva que crecía a ambos lados de la pista forestal, pareció abalanzarse sobre él. Más allá de la exigua trocha abierta en la selva, Norte solo pudo distinguir la maleza enmarañada, la espesura verde, inquietante y sin límites que estremecía los sentidos.

Comenzó a caminar con una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Verse allí solo, rodeado por la inmensidad del bosque húmedo subtropical de más de 11.000 años de antigüedad, le transportó a uno de sus sueños de juventud. Recordó cuando devoraba con pasión las narraciones de las aventuras de arqueólogos y exploradores. En cierta medida se sentía como uno de aquellos descubridores que sacaron a la luz los últimos secretos que escondía celosamente la madre tierra. Imaginó la emoción que debieron sentir John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood cuando, a mediados del siglo XIX, exploraron los restos de la civilización maya en la selva de El Petén. Comprendió la obsesión de  Heinrich Schliemann para dar con la mítica ciudad de Troya o quizás la sensación de sorpresa y emoción que debió sentir Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamon.

Tan pronto cumplimentó los trámites de entrada al parque, se alejó de los escasos visitantes que había en aquella época del año y que se dirigían en masa hacia la  Gran Plaza; allí donde los habitantes de la ciudad-estado de Tikal habían decidido levantar las edificaciones más extraordinarias. Buscaban quizás beberse de un solo trago la visita, liquidar de un vistazo la excursión por uno de los lugares más bellos del mundo.

Él, sin embargo, se proponía paladear a pequeños sorbos cada rincón de aquel  lugar mágico y carismático, repleto de restos arqueológicos de una civilización desvanecida de una manera misteriosa después de 3.000 años de reinado absoluto.

Tomó un camino secundario que lo apartó de inmediato de las conversaciones nerviosas de los turistas y, poco a poco, se fue adentrando en la espesura de la selva. Esparcidos por todas partes, como si de un campo de batalla se tratase, los vestigios de las edificaciones levantadas por los mayas libraban todavía una dura batalla con la vegetación que, voraz e insaciable, los engullía, incorporándolos como un elemento más de su ecosistema.


Y, de pronto, la estrecha senda por la que avanzaba se ensanchó y Norte pudo, por fin contemplar una pequeña pirámide totalmente reconstruida. Presidiéndola, varias estelas se erigían orgullosas delante justo de la escalinata, dándole el toque solemne y pomposo a unas estructuras con pirámides gemelas que los mayas erigían al finalizar cada Ka´tun, es decir, cada 20 años en su calendario.


Continuó su marcha a través de la espesa vegetación hasta que los gritos guturales y profundos de una colonia de monos aulladores le dieron la bienvenida. Frente a él se levantaba orgulloso el Templo V,  una superestructura de 57 metros que sobresalía por encima de la vegetación hacia el cielo de El Petén.



Cuando, jadeante, Norte llegó a su cima pudo por fin contemplar un espectáculo único. A sus pies un océano  verde se extendía hasta el infinito y, a su alrededor, otros templos como islas pétreas, despuntaban sobre la espesura vegetal resistiendo las acometidas de la selva en un intento de perpetuar la memoria de sus constructores. 


Se sentó durante un buen rato, bajo los restos de la enorme crestería que coronaba el templo dedicado a Chak, Dios de la lluvia. Desde allí arriba los visitantes que caminaban por su base parecían pequeños insectos pululando a sus pies,… y se imaginó a los sacerdotes intercediendo entre los dioses y los súbditos desde la posición que él en ese momento ocupaba.


Deambuló sin rumbo fijo por sendas y restos que daban fe de las enormes dimensiones de aquella ciudad que tuvo que ser Tikal, una ciudad que algunos momentos llegó a albergar a más de 100.000 almas. Una ciudad construida, y una población mantenida gracias al maíz, la fuerza motriz del mundo maya. Una ciudad cuyo nombre en idioma maya Itzá significa “lugar de las voces” y que ahora sobrecogía hasta hacer estremecer a los visitantes por el silencio de sus piedras.

Se topó con la Gran Pirámide del Mundo Perdido, una superestructura de más de 30 metros de altura que formaba parte de un complejo ceremonial con una función fundamentalmente astronómica.


Finalmente se dirigió hacia la Gran Plaza. Su visión lo sobrecogió de tal forma que se detuvo durante un buen rato admirando un conjunto monumental único. La acrópolis central, un enmarañado complejo de templos y palacios se levantaba entre dos enormes y emblemáticas pirámides, el Templo I o la Pirámide del Gran Jaguar y el Templo II o de Las Máscaras.


Por fin, descendió hasta la Gran Plaza. Apenas quedaban turistas, así que se sentó allí en medio, con la Pirámide del Gran Jaguar como escenario único y majestuoso de la ciudad maya mas grande, jamás excavada, intentando quizás escuchar el silencio de sus piedras.


sábado, 8 de agosto de 2015

El evocador de recuerdos


El tiempo, y quizás las circunstancias, habían convertido a Norte en un evocador de recuerdos. Comenzó casi sin darse cuenta, de una manera muy sutil, rememorando en sus largos períodos de soledad pequeños flash de vivencias pasadas. Al principio necesitaba un catalizador, un pequeño impulso en su interior que desencadenase el proceso.

Normalmente requería abrir la carpeta con las fotos de uno de sus numerosos viajes que guardaba celosamente en su ordenador y con la simple visión de las instantáneas que había realizado, en su mente se agolpaban los recuerdos,  evocaciones de todo tipo que iban desde la visita a un monumento destacado hasta precisar la meteorología que lo acompañó o alguna anécdota ocurrida durante el mismo.

Más tarde, quizás por la práctica que iba adquiriendo, le bastó con visualizar un objeto, una situación que le recordase algún fragmento de su existencia para activar el mecanismo que le permitía volver a evocar pasajes completos vividos en anterioridad.

Pero últimamente se había percatado que podía activar ese mecanismo a voluntad. Es decir que le bastaba con desearlo para que en su mente desfilasen los fotogramas de lo ocurrido. Imágenes, sensaciones, olores y sabores eran percibidos como reales, deleitándose con su recuerdo.

Tanto había perfeccionado su método que Norte podía despertar sus recuerdos no solo cuando lo deseara, sino también allí donde se le antojara.  Y así comenzó un juego que lo llevó a poner en práctica su poder evocador en los escenarios más dispares, situaciones que podían ir desde un viaje en solitario en cualquier medio de transporte hasta activar su singular capacidad en plena reunión de trabajo.

Fue precisamente durante una aburrida reunión en su oficina cuando decidió, una vez más, poner en marcha su capacidad evocadora. Fue como, si de pronto, se desdoblara y el Norte sensato y eficiente se quedara discutiendo los sesudos y aburridos informes que había sobre la mesa, mientras que el otro Norte, el Norte bohemio y soñador se evadía por Lisboa.


Y de repente se encontró callejeando en un paseo inacabable por sus calles, a veces caóticas, a veces cartesianas, de adoquines descolocados que se precipitan al río Tajo, en cuyas aguas se refleja la luz cautivadora y única que ilumina toda la ciudad. Al fondo el icónico Puente 25 de Abril, puerta de entrada, o de salida según se mire, a un océano poderoso y azul que forma parte indisoluble de la ciudad y de su historia. 


- ¿Estás de acuerdo?

- Pues no del todo -contestó Norte tras una pequeña vacilación, producto quizás de su precipitado regreso de las calles lisboetas-.  Tened en cuenta estos otros datos. Lo más fácil es que no tengamos tiempo suficiente para terminarlo este año.

Y mientras sus compañeros realizaban rápidos cálculos sobre la observación que había hecho sobre la duración del proyecto, el tram tram del tranvía 28 girando justo frente a la Sé le obligó a Norte a buscar cobijo en una de las estrechas aceras que ascendían trabajosamente desde La Baixa, justo frente a una pequeña mercería que se mantenía impertérrita al avance de los tiempos y que alimentaba el continuo coqueteo de los lisboetas de lo provinciano con lo cosmopolita.


- ¿Un café? – le ofreció uno de sus compañeros mientras hacían un pequeño receso en la reunión.

Y de pronto, el aroma intenso y penetrante del café lo trasladó al ambiente bohemio de  O Chiado, como antesala del Barrio Alto, moderno y alternativo. Porque Lisboa es la ciudad de Pessoa.

“Se, depois de eu morer, quisierem escrever a minha biografia,
Nāo há nada mais simples.
Tem só duas datas -a da minha nascença e da minha morte.
Entre uma e outra coisa todos os días sāo meus.”

“Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía,
no hay nada más sencillo.
Tiene sólo dos fechas -la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra todos los días son míos”.
Fernando Pessoa

Y también Lisboa es la ciudad de  las fachadas desconchadas, de tabernas y de iglesias, de pequeños comedores tradiciones y modernos  restaurantes, de garitos de fado. Por eso Lisboa es moderna y tradicional, decadente y encantadora.


Por todo eso, Lisboa también es la ciudad donde se evocan los recuerdos.

sábado, 1 de agosto de 2015

Nostalgia


Era incapaz de recordar las veces que había estado en aquella ciudad. Tantas, que los recuerdos se confundían en una densa bruma que le impedía individualizarlos, quizás en un vano y fútil intento de situarlos en el tiempo y hacerlos cercanos y próximos. 

Intentó repasar mentalmente las personas con las que a lo largo de su vida había compartido sus calles adoquinadas, empeñadas en ascender serpenteantes hasta el infinito. Con las que había disfrutado de la intensidad de un café pingado en una de sus hermosos cafés. Con las que había compartido mesa en uno de los restaurantes de A Ribeira. Y en su rostro, como una mueca, se dibujó apenas una sonrisa que, poco a poco, se fue transformando en un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

Una leve vibración que se transformó poco a poco en un temblor sordo y profundo, le sacó de sus pensamientos. A lo lejos el moderno metro de Oporto emergía de las profundidades de la ciudad para cruzar el Puente de Don Luís I en dirección a Vila Nova de Gaia. Desde lo más alto de aquel entramado de hierros ideado en el año 1886 por un discípulo de Gustave Eiffel, Norte disfrutaba de una hermosa panorámica de la ciudad.


A su alrededor numerosos turistas se afanaban en capturar con sus cámaras las vistas privilegiadas de Cais da Ribeira. Desde allí arriba, a muchos metros de altura sobre el río Duero, el abigarrado entramado de casas se derramaba desde la Sé hasta el mismo muelle componiendo un desordenado puzle multicolor que se acentuaba con la cálida luz del atardecer. 


Y de pronto, tras él, una voz cálida y aterciopelada lo sacó de sus pensamientos. Entre el ruido producido por los turistas que se agolpaban al final del puente para obtener una buena vista de la “Ribeira”, llegaron hasta él retazos de una conversación.

- Che bello! Porto è davvero sorprendente…

De inmediato Norte trató de localizar el origen de aquellas palabras. La musicalidad exuberante y aterciopelada de la lengua italiana le sobresaltó. Era como si ella estuviese allí, a su lado, haciendo uno de sus comentarios. Por unos segundos imaginó a Francesca con una sonrisa dibujada en sus labios, mirándolo con ese brillo en los ojos que le tenía absolutamente fascinado.

No tardó más que unos instantes en comprobar que se trataba de una pareja de italianas que a un par de metros de él admiraban el cúmulo de tejados que descendía hasta la ribera del río. Y una enorme nostalgia lo invadió. Y de nuevo en su rostro se dibujó un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

Recordó las veces que le había hablado de Oporto. Las veces en las que habían hecho planes para visitarla y otras tantas ocasiones que hubieron de renunciar. Y una enorme nostalgia lo invadió.

Se la imaginó recorriendo la ciudad en uno de los tranvías que todavía transitan por sus empinadas calles, al ritmo pausado y lánguido de unos convoyes de los años 30. Y una enorme nostalgia lo invadió.


Casi la pudo visualizar revisando entusiasmada los anaqueles repletos de libros de la Librería Lello e Irmão, sorprendida frente a su espectacular escalera labrada que comunica la planta baja con el piso superior. Y una enorme nostalgia lo invadió.


Y se preguntó si algún día podría visitar aquella fascinante ciudad a su lado. Y una enorme nostalgia lo invadió. Y de nuevo en su rostro se dibujó un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

domingo, 12 de julio de 2015

Dos horas de libertad


A medida que se aproximaba, el encuadre mejoraba. La hermosa puerta de entrada que daba paso al casco antiguo  y las torres de la catedral se fueron alineando como dos astros en el firmamento hasta que la conjunción fue total. Fue entonces cuando se detuvo. Desde la margen opuesta del río Arlanzón, aprovechando un pequeño hueco entre los árboles que crecían en la ribera, pudo disfrutar de una majestuosa perspectiva del Arco de Santa María coronado por las agujas de unas torres que ascendían infinitas hasta el cielo gris de la primavera castellana.

Durante unos minutos se quedó allí, admirando el monumental conjunto hasta que el sonido pertinaz de su teléfono móvil lo devolvió a la realidad. Por enésima vez el infernal aparato le recordaba que, en este mundo que le había tocado vivir, aislarse y desconectar era una misión imposible.

Fue entonces cuando recordó la insistencia con la que Francesca le exhortaba a un cambio de vida, a un reseteado que le permitiera liberarse de sus propias autolimitaciones y darle un vuelco a su existencia. Tanto que con excesiva frecuencia, la recomendación acabada invariablemente en una suerte de pequeña discusión.

Atendió la llamada, consciente de que ese no era el camino del cambio, y cruzó el arco de Santa María para darse de bruces con la Plaza del Rey San Fernando, enmarcada por una de las más bellas catedrales góticas de España.


Nada más acercarse al monumental edificio Norte se percató de la diferencia. Tan grande era el contraste, que era como comparar un antiguo episodio del NODO, con sus difusas y tristes imágenes en blanco y negro, con el color y la nitidez de una moderna película grabada en alta definición.

Lo que estaba viendo era una hermosa y cuidada catedral y, lo que él recordaba, era una visión en blanco y negro de un templo descuidado y un entorno dejado, con vehículos aparcados por todas partes. De pronto se sintió más animado, sorprendido por el enorme cambio que había sufrido el casco antiguo y la catedral de Burgos.

Trató de hacer memoria y le fue imposible situar la época en la que había visitado por última vez esa ciudad. Por la transformación, debió de ser hacía ya mucho tiempo. En todo caso, una vez más se alegró que su trabajo le hubiese permitido viajar hasta allí.

De pronto, las nubes comenzaron a desdibujarse por la fuerza del sol, dejando al descubierto grandes retazos de un cielo azul intenso, conformando un telón de fondo majestuoso a las torres y al cimborrio de la catedral que parecían tejidas sobre él.

De nuevo, cuando se dirigía al interior de la catedral, una llamada de su teléfono móvil hizo que se detuviera justo en medio de la plaza. Durante unos instantes dudó si responder para finalmente rechazarla, posiblemente en un intento de reafirmación personal de no adicción al trabajo. 


Sobre una gárgola de la catedral una cigüeña emprendía el vuelo, quizás como simbolismo emblemático de los grandes viajes. Norte sonrió, apagó el teléfono y se dispuso a disfrutar de sus apenas dos horas de libertad antes de comenzar sus ocupaciones laborales.

lunes, 29 de junio de 2015

Esperando que amanezca


Se despertó de un modo brusco, repentino, incapaz de recordar donde se encontraba. Aturdido buscó alguna referencia que le diese una pista. Fue entonces cuando la enorme neuralgia se hizo patente y Norte tuvo que dejar de escudriñar en la penumbra que lo envolvía y volver a cerrar los ojos, en un desesperado  intento de apaciguar los latidos que sentía en el interior de su cabeza.

Poco a poco la neblina que envolvía su cerebro fue desapareciendo y la consciencia fue iluminando de nuevo cada rincón de su mente. El larguísimo vuelo de más de diez horas, su llegada a una de las ciudades más pobladas del mundo, la interminable espera en inmigración, el monumental atasco que tuvo que padecer para llegar al hotel y el cambio horario  fueron sin duda corresponsables de su malestar y la causa que lo mantenía inmovilizado sobre la cama.

Notó frío y se arropó con la esperanza de recuperar esa agradable y placentera calidez que induce al remoloneo en la cama, pero enseguida cayó en la cuenta que las bajas temperaturas se debían al aire acondicionado que había dejado encendido justo antes de acostarse.

Así que ya tenía dos razones para levantarse. Apagar aquel infernal aparato que tenía la habitación como si se tratase de una heladera y tomarse un analgésico que lo liberase de la opresión que sentía en su cabeza.

Tras unos minutos de preparación mental, se incorporó y tanteó torpemente sobre la mesilla en busca de su teléfono móvil. Después de varios intentos fallidos, la pantalla se iluminó y, con cierto desconcierto, comprobó que eran las  ocho y veinte de la mañana.

Un gesto de sorpresa se dibujó en su rostro. Fuera, la negrura de la noche hacía resaltar todavía más las plantas iluminadas de los edificios que lo rodeaban. Hizo un rápido cálculo mental y comprendió que en realidad apenas era la una y veinte de la madrugada, allí en México DF, aunque su cuerpo se empeñaba en recordarle que, allí de donde él venía, había siete horas más de diferencia horaria.

Afuera, tras el enorme ventanal de la habitación de su hotel, Norte observó hipnotizado el brillo de miles de luces que iluminaban la ciudad hasta el horizonte. Una treintena de pisos más abajo, los coches circulaban por la Avenida Juárez, dejando tras de sí una estela rojiza a medida que se desplazaban lentamente a golpes de semáforo.

Decidió tomarse el potente analgésico con el que hacer desaparecer de un plumazo todo rastro de jaqueca y se quedó allí, pasmado ante el espectáculo de la ciudad que nunca duerme. 

A medida que transcurría el tiempo, la densidad de los automóviles descendía al mismo ritmo que muchas de las luces de los rascacielos que lo rodeaban se apagaban.  Norte se recostó vencido por el cansancio, tratando de imaginarse a Francesca en ese instante, a pesar de los miles de quilómetros que los separaban. Trató de redibujarla en su mente, de reconstruir el aroma que despedía cuando se encontraba a su lado, de sentir el roce de su piel…, de reinventarla para sobrellevar su ausencia. 


De nuevo despertó sobresaltado. Una luz lechosa, proveniente del ventanal que ocupaba toda una pared de la habitación, inundaba la habitación. Se incorporó y pudo disfrutar de la visión de una buena parte de la ciudad de México. No sabía cuánto tiempo había pasado pero la noche cerrada había dado paso a una claridad turbia, antesala del amanecer. Muchas luces habían desaparecido y una neblina  difusa y áspera, ocultaba como un manto asfixiante buena parte de la ciudad…, y una vez más se recostó, sabedor de que todavía debería luchar con el insomnio durante unas horas, esperando el amanecer.


De pronto la melodía de su teléfono móvil  lo despertó y, sobresaltado, se incorporó para buscarlo. Afuera, tras los cristales de su ventana, un halo dorado se dibujaba en el horizonte y Norte pudo distinguir con claridad Torre Latino, El Palacio de Bellas Artes y las torres de la  Catedral Metropolitana…, el México diurno estaba a punto de comenzar su andadura y el otro México, el de los noctámbulos, comenzaba a recogerse, antes de que la luz del día los alcanzase.

Por fin, encontró su teléfono y una sonrisa iluminó su rostro. Era Francesca quién llamaba.

domingo, 21 de junio de 2015

Recuerdos de los que allí vivieron


A esas horas de la mañana, solo las pisadas de sus botas y los rítmicos golpes metálicos de sus bastones resonaban en el suelo empedrado de las estrechas callejuelas de Herrán. Habían dejado aparcado su vehículo en una pequeña explanada, justo a la entrada del pueblo en la que, como perros fieles, esperaban a sus amos una gran furgoneta de matrícula francesa y un todo terreno con infinidad de pegatinas de parques naturales en su parte trasera, como si se tratase un viejo coronel que luciese cada una de las condecoraciones y honores recibidas en toda una vida de servcio.

No les hizo falta preguntar. El camino estaba suficientemente indicado, así que nada más atravesar el pueblo, un antiguo molino les marcó el inicio de la senda. Una senda mil veces hollada por las legiones romanas en su camino hacia el Norte y ahora tránsito pausado de excursionistas amantes de la naturaleza. Y de inmediato una sinfonía de aromas los alcanzó.  

- ¿Los reconoces? –preguntó de inmediato Francesca tras una profunda y larga inspiración-. Los matices frescos y agrestes del romero.

- Sí -contestó Norte deteniéndose unos instantes para admirar con perspectiva la profunda hendidura producida  por el río Purón en la Sierra de Árcena -. Y el boj, con su olor penetrante, intenso y almizclado, con un toque a tierra húmeda.


- ¡Y el olor resinoso y acre del enebro! –apuntó de nuevo ella, en un ejercicio de agudeza olfativa. ¿Sabes?, en mi tierra el enebro está asociado a muchas leyendas… pero especialmente se le considera como una planta protectora de las personas. Dice la leyenda –continuó Francesca con ese acento cálido y aterciopelado que a Norte le parecía irresistible- que protegió al niño Jesús, oculto bajo unas ramas de este árbol, cuando huía de Herodes con María y José. Imagino que es por ese sentido de protección que se le atribuyó que, en la Edad Media, se colgaban ramos de esta planta en las puertas para espantar a las brujas y todavía se utiliza para proteger establos de animales.

Para Norte el enebro era especial. Siempre le había atraído aquella especie arbórea capaz de sobrevivir en unas condiciones tan duras, en suelos pobres y con condiciones climáticas muy limitantes, así que enseguida comprendió que la senda que estaban realizando podría resultarle realmente atractiva.


Caminaron en silencio hasta llegar al desfiladero del río Purón, una angosta garganta labrada por el río que se salva gracias al puente de origen romano.

- ¡Allí arriba! –exclamó Francesca señalando  una pequeña edificación levantada al abrigo de un voladizo de una enorme peña.

Se trataba, de una pequeña ermita de la que apenas quedaban cuatro paredes y cuyos orígenes se remontaban al siglo IX. Según rezaba un pequeño panel informativo, había estado bajo la advocación de San Felices primero y San Roque más tarde y en su interior, por todas partes, cientos de firmas grabadas en sus paredes conformaban una abigarrada decoración, testimonio del paso efímero de otros tantos “artistas” más recientes que habían querido dejar su impronta.


Continuaron ascendiendo por una senda tallada en la roca, acompañando al río Purón mientras se precipitaba con estrépito, formando pequeñas cascadas que se remansan en pequeñas pozas para inmediatamente volver a despeñarse durante un nuevo tramo. Encaramados en las paredes, pinos, boj y encinas se empecinan en crecer a pesar de la ausencia de suelo.

Por fin, el desfiladero opresivo que los rodeaba se abrió, dando paso a un extenso pastizal enmarcado por las laderas del Vallegrull y Santa Ana. Y al fondo, encaramada sobre un promontorio rocoso, la Iglesia de San Esteban; vigilante silenciosa de un pueblo, Ribera, del que ya solos quedaban algunas paredes cubiertas de vegetación y los recuerdos de los que allí vivieron.

Los restos de un camino, ahora solo perceptible por los pasos de los caminantes ocasionales, ascendían cansinamente hasta llegar a lo más alto del lugar donde todavía se mantienen en un equilibrio precario el templo románico, testigo mudo de las historias sencillas de los moradores de aquel lugar.


- Bello! –exclamó Francesca nada más llegar al exiguo atrio que rodeaba la iglesia.

Una bella portada románica se mantenía milagrosamente en pie enmarcando la entrada a la iglesia. Por todas partes, creciendo libremente, restos de vegetación, consumando el plan de la naturaleza para reclamar y recuperar lo que le pertenecía. Y en el interior del templo unas bellas pinturas murales a punto de sucumbir, daban testimonio de la fe ciega que aquellas gentes habían depositado en la religión.

A su alrededor el extenso pastizal que acababan de recorrer se extendía a sus pies como una gigantesca alfombra enmarcada por los bosques que ascendían por las laderas del Santa Ana y mantenían vivos los recuerdos de los que allí vivieron.